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La buena y la mala educación.

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Enkvist, I. (2011).
La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales.
(Madrid, Ediciones Encuentro), 320 pp.

Resumen

Nunca se había dado tanta importancia al concepto de calidad educativa como en los últimos años. Los manuales para educadores son cada vez más numerosos y los pedagogos luchan por crear un modelo educativo ideal. Paralelamente –y he aquí la paradoja– nunca han existido tantas evidencias de fracaso como hoy en día.
Interrogantes de este tipo permiten a Inger Enkvist poner en tela de juicio el sistema educativo global actual. Para llevar a cabo esta reflexión, la autora sueca recurre a los resultados procedentes de la aplicación de diferentes modelos educativos en distintos países, sacando a la luz el mal y el buen funcionamiento de los diversos sistemas educativos.

Así pues, y teniendo en cuenta esas referencias, en el libro se proponen cuatro pilares que sostienen una educación de calidad.

En primer lugar se desenmascaran las claves del éxito finlandés. El estudio de este sistema educativo permite a la autora afirmar que la clave del éxito estará en la apuesta por la calidad del profesorado.

La calidad del sistema finlandés está determinada por el buen manejo de la lengua y en definitiva por un alto nivel formativo. Pero para entender este primer pilar la autora hace una reflexión general sobre el funcionamiento en todas las etapas educativas que preceden a una buena formación profesional. La presencia de la formación profesional al acabar la ESO y la flexibilidad en la oferta de posibilidades nuevas y modernas, entre otros, son puntos a favor que ayudan al estudiante a asegurar las bases que necesita para ser un buen profesional. El dominio de las matemáticas y la lengua han sido los cimientos sólidos que permiten a los alumnos entender cualquier otra materia.

En la universidad se selecciona a los mejores. Solo entran los que han estudiado y leído mucho. De esta manera, comenta la autora, los profesionales de la educación forman parte de la élite.

Por todo ello, el primer pilar que sostiene un buen sistema educativo es la formación del profesorado. La calidad del profesor determina la calidad del sistema educativo.

El caso de Francia –la autora se centra sobre todo en París– pone en evidencia la necesidad de un control y una exigencia por parte de todos para asegurar la calidad educativa. Solo el 35% de los alumnos obtienen buenos resultados; el 15% mantiene niveles muy escasos de rendimiento que provocan gran preocupación en la administración educativa. La autora analiza varios casos concretos que demuestran que las expectativas de éxito en el profesional de este país se rompen en la Educación Primaria. El principal problema de Francia es la falta de optimización de los recursos y el exceso de permisividad por falta de exigencia.

Detectamos en este ejemplo un nuevo pilar importante: es necesario un control y una exigencia por parte de todos.

En cuanto a California, la autora extrae la idea de que lo que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso del sistema educativo es la actitud y la disposición de los alumnos. La situación en este país es legalmente parecida a la de España: enseñanza obligatoria y gratuita en los niveles de primaria y secundaria.
Sin embargo la mentalidad de los alumnos es muy distinta a la que tienen en otros países. Las familias en Estados Unidos tienen la costumbre de mudarse continuamente y están poco tiempo en el mismo colegio. La situación es muy inestable.

La autora expone estudios con resultados muy concretos para demostrar que el tiempo dedicado al estudio por parte de los estudiantes es mínimo ya que ocupan mucho tiempo en actividades extraescolares, deporte, televisión y vida social.

El tercer pilar que marca la diferencia de éxito es la actitud y la disposición del alumnado.
El ejemplo de Asia nos ayuda a comprender que la clave no está ni en el nivel socioeconómico, ni en la lengua, ni en la procedencia. La clave está en el esfuerzo del alumno. A diferencia de Estados Unidos, Japón y China invierten muy poco dinero en educación. Esto pone en evidencia un aspecto que a menudo pasa desapercibido, pese a su diáfana claridad: no tiene sentido que el Estado invierta dinero en educación si los alumnos no estudian. Y tenemos así el último pilar: El éxito académico no depende del nivel socioeconómico de las familias sino del esfuerzo del alumno.

Lo que determina el éxito por tanto es la actitud de superación y cómo se ponga en valor el esfuerzo, la fuerza de voluntad de sacar los estudios.

La autora propone un cambio de mentalidad y política educativa, en la que el esfuerzo del alumno, el apoyo de la familia y el aprendizaje de los contenidos, en especial de la lengua, sean imprescindibles para definir el éxito educativo.

Por ello podemos decir que este libro colabora en esta labor común de desvelar qué es verdaderamente educativo y por tanto humanizador, y qué no lo es.

Para acabar recurrimos a un comentario del prologo –firmado por Jorge Martínez Lucena y Lluís Seguí Pons– en el que se afirma que seguir las orientaciones de esta estudiosa de la educación se nos hace interesante no solo por la cantidad de sorprendentes datos que aporta en su argumentación, sino porque vislumbramos en su modo de proceder una vía de aprendizaje con respecto a los propios errores educativos, que nos permite iniciar un camino de mejora en el campo de la educación que hoy es especialmente crucial.

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