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Ciudadanía mediática. Una mirada educativa

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Gozálvez, V. (2012).
Ciudadanía mediática. Una mirada educativa.

(Madrid, Dykinson) 223 pp.

Resumen

El libro está estructurado de forma muy clara en tres partes: en la primera, explica el concepto de ciudadanía moderna y comunicación; en la segunda, el autor se dedica a detallar los límites posmodernos a la ciudadanía mediática y, por último, la parte más pedagógica, dedicada a la educación para la ciudadanía mediática.

Además, el lector va a encontrarse con un prólogo, a cargo del profesor Ignacio Aguaded, Catedrático de la Universidad de Huelva y director del Grupo Comu – nicar, una introducción y un apartado de conclusión y de bibliografía con otro muy interesante de webs recomendadas.

El objetivo de este texto estriba en mostrar las posibilidades educativas de la formación de la ciudadanía en los contextos mediáticos en los que nos encontramos, evitando caer en el marco interpretativo reductor de la posmodernidad e intentando, a su vez, recuperar las mejores posibilidades de la modernidad en sus objetivos científicos-funcionales y humanizadores.

La tesis del libro enunciada por el propio autor es la siguiente: “en la era de la globalización comunicativa, en la esfera absorbente de la pantalla global, fomentar la ciudadanía activa y democrática pasa necesariamente por educar a la ciudadanía mediática“ (p. 16). La preocupación principal del profesor Gozálvez radica en establecer un marco interpretativo, no reductor, entre la modernidad, el progreso y la comunicación que le permita salvar la condición ciudadana, el contexto democrático del diálogo, la aspiración al respeto al mejor argumento y, sobre todo, de modo muy insistente a lo largo del libro, la aspiración a la autonomía educativa de los proyectos de felicidad de los sujetos.

En la primera parte referida del libro, el autor trata de mostrar “el papel central de las actuales tecnologías de la información y la comunicación en la construcción de una ciudadanía autónoma y solidaria, de una ciudadanía cosmopolita que no renuncia a su individualidad ni tiene por qué abominar de su raigambre cultural y específica” (p. 29). Los temas centrales, de este primer capítulo, son, por tanto, la autonomía personal, los proyectos de autorrealización y la identidad intercomunicada del yo. Va desarrollar también una crítica muy bien elaborada contra la tendencia a la modernización tecnológica de las aulas reducida exclusivamente a la idea de que la tecnología comunicativa garantiza por sí misma el progreso. Le va a preocupar también al autor la sustitución de preguntas tradicionales por otras que, igualmente profundas, pero en otra dirección nos permiten adivinar horizontes de realización personal más vinculados educativamente a las nuevas tecnologías. Éste es el caso de la propuesta de pasar del interrogante acerca de qué es el hombre a quién soy yo, lo que le va a permitir detallar las posibles relaciones, positivas y negativas, entre el yo y los medios. Para el autor las posibilidades de la autonomía, la autorrealización y, en fin, las diferentes formas de socialización siguen abiertas y posibles en su devenir en la medida que sepamos integrar las nuevas posibilidades de la tecnología, procedimiento que ha sido una vía de desarrollo humanizador desde la modernidad. Sí que detalla el autor aspectos diferentes hacia la posibilidad de alcanzar una sensibilidad más universal y hacia proyectos de ciudadanía más cosmopolita.

En cualquier caso, lo que importa es “la calidad del uso individual y social que se vaya haciendo a la larga de Internet, y de ello dependerá su aporte al progreso ético y político de un pueblo – cada vez más involucrado vía tecnológica con los otros pueblos” (p. 64).

Para poder hacer frente a estas posibilidades, analiza con muy buen tino el alcance de la antropología del sujeto soberano en la ciudadanía mediática y, del mismo modo, una antropología del yo manipulado. “Se trata ahora de abrir las puertas a una antropología que recoja el testigo de la modernidad ilustrada, un concepto que devuelva la confianza en la capacidad racional de la persona, en las oportunidades para dirigir su propia vida y autorregularse racional, emocional y discursivamente” (p. 80). La primera parte finaliza con unas jugosas reflexiones en torno al principio de actividad clave en la función pedagógica. El autor nos recuerda que la actividad es una condición indispensable para el yo progresivamente autónomo y que esa actividad no se agota en las formas de participación y de culturización tradicional sino que alcanza a “empoderarla” en la esfera de los medios sociales de comunicación.

La segunda parte del libro está dedicado, como se ha señalado, a los “Límites posmodernos a la ciudadanía mediática”.

Según Vicent Gozálvez, “la posmodernidad audiovisual ha cambiado el sentido de la experiencia pero no sólo para introducir tolerancia, diversidad y respeto, sino también pensamiento debilitado (…), precario, disminuido en tantas ocasiones, asociado a una experiencia espectacularizada de lo real, transformada en puro entretenimiento” (p. 95). El empeño del autor es llevar el humanismo a la cultura mediática y el lenguaje de lo visual, lo que supone en definitiva una tarea pedagógica de reconstrucción del sentido de la escuela y de la educación manteniendo los mejores fines de la ilustración en los nuevos marcos interpretativos de nuestra cultura. Aquí encontramos una tensión, en algunos casos, conflicto entre los anhelos del autor: por un lado la propuesta de que la educación dé recursos a los sujetos para que cada ciudadano haga uso, desde su autonomía, de la libertad que le es debida dentro de la cultura mediática pero, por otro, el deseo de que se extienda sin regulaciones excesivas un humanismo racional respetuoso con la dignidad humana desde los propios medios. “La libertad no es soberanía, no es independencia y enseñoramiento incontestables o desligados, sino que es autonomía humana y por tanto con su cúmulo de contrapesos y de limitaciones. La libertad humana –afirma el profesor Gozálvez– se hace y se actualiza contando con este cúmulo vital, desde él o frente a él, nunca desde una suprahumana (divina) o infrahumana (animal) situación de potencia total sobre las cosas o de absorción anodina por las cosas” (p. 147). Algunos temas básicos que le van a permitir llegar a esta conclusión en esta segunda parte son: la cultura del miedo y el oligopolio; el individualismo agresivo; la falacia de la audiencia soberana; el cinismo y la cultura mediática; la diversidad y lo irracional; etc. Al igual que hacía con respecto al concepto de autonomía en el primer capítulo, en este apartado, el autor va confrontar analíticamente la idea del individualismo irresponsable o cínico frente al individualismo responsable, lo que le permite entrar perfectamente equipado en la siguiente sección del libro.

La tercera parte y última está dedicada a la “Educación para la ciudadanía mediática”. El equilibrio, el desarrollo minucioso de matices, la armonía entre diferentes posiciones y sin olvidar el horizonte de lo educativo, se encuentra perfectamente mostrado en este capítulo cuando el autor, en una declaración inicial de principios, señala que “el hecho de que haya habido confusiones o malas interpretaciones no significa que todo un proyecto de transformación, progreso o emancipación tenga que ser aniquilado.

Hoy cabe hablar de un sujeto histórico, hijo de una época y conformado en una comunidad, más que de un sujeto abstracto y ahistórico, un sujeto que apriorísticamente define su destino. Pero sin olvidar nunca que la historia o el contexto no determinan tampoco de arriba abajo nuestro destino” (p. 149). Recomienda dar más vitalidad, más vida a la escuela, pero sin renunciar a su función de favorecer el pensamiento y la reflexión. La educación mediática es, para el autor, una posibilidad interpretativa de lo cívico, que trata desarrollar la autonomía y se inserta en las posibilidades creativas de los medios de comunicación. Ya había anunciado antes que “uno de los grandes cometidos de la educación en la cultura digital y audiovisual es, así lo entiendo, evitar miradas sesgadas, celdas informativas, nichos digitales o cámaras del eco informacional, en un intento por aprovechar el amplio potencial argumentativo de las tecnologías comunicativas y por promover el aprendizaje en un uso plural, autónomo y cívico de las mismas” (p. 61). Los análisis realizados hasta aquí de las claves interpretativas de la modernidad, de las posibilidades de autonomía de los sujetos, de la idea de autorrealización personal y, sobre todo, del principio de actividad, de participación, de intervención en la realidad desde posibilidades creativas y humanizadoras son aplicados, ahora, al contexto educativo. Es en esta parte del libro donde se desarrollan las posibilidades de la educación para la ciudadanía mediática. Los temas tratados son la docencia y la tecnofobia, el papel de los diferentes agentes educativos en la era tecnológica con especial atención a la familia y a los grupos de iguales y la propuesta de una alfabetización mediática que supere el paradigma del aprendizaje 2.0. Para el autor hablar de una alfabetización íntegra supone abarcar tres niveles o etapas: la alfabetización técnica audiovisual y digital en sentido estricto, la formación en medios y, por último, la educación mediática propiamente dicha o educación cívica audiovisual, que incluiría consideraciones de tipo cívico, ético y sociopolítico. Antes del apartado de la conclusión el profesor Gozálvez propone un decálogo muy interesante y relevante de la educación cívica mediática en el que aspira a mostrar la importancia de llegar a “ser ciudadanos en lo mediático y ser ciudadanos en virtud de lo mediático” (p. 210).

La lectura de Ciudadanía mediática. Una mirada educativa resulta ilustrativa y muy recomendable para los educadores. Los capítulos están trabajados de forma minuciosa, bien articulados, con numerosas ideas y explicaciones de ida y vuelta sobre las tesis principales del texto expuestas con claridad tanto al principio como final. La virtud principal de este libro se encuentra, sin lugar a dudas, en la apuesta por mantenernos vigilantes frente a los desafíos destructores contra los valores de la modernidad y en la sugerencia de saber equilibrar los nuevos retos culturales mediáticos y morales sin renunciar a los proyectos básicos de humanización.

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