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Fukuyama, F. (2022). Liberalism and its discontents [El liberalismo y sus desencantados]. (Jorge Valero Berzosa)

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Fukuyama, F. (2022).
Liberalism and its discontents [El liberalismo y sus desencantados].
Profile Books. 192 pp.

Resumen

Poco queda de aquel Francis Fukuya­ma que hace 30 años consagraba el sistema liberal en el que vivían los Estados Unidos y Europa como «el fin de la historia». Se­gún el autor, el sistema occidental signifi­caba el último estadio político alcanzable e inevitablemente tendería a expandirse por todo el planeta pues se había alcanzado «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad» (en palabras del propio au­tor). Liberalism and its discontents mues­tra sin ambages el recorrido intelectual que Fukuyama ha ido experimentando a lo largo de todo este tiempo, que cristaliza en una propuesta mucho menos arriesga­da que la que defendió en El fin de la his­toria. La última publicación del profesor estadounidense tiene en cuenta aspectos fundamentales para entender la situación político-social que están viviendo hoy en día las democracias, diagnostica su salud y sistematiza la problemática a la que se enfrentan. El liberalismo no solo no se ha extendido, sino que empieza a tener graves amenazas cuyo origen está en el interior de las propias sociedades liberales. ,

Si algo pretende este ensayo es eri­girse como una defensa del «liberalismo clásico», sistema al que Vladimir Putin tildó hace pocos meses de obsoleto. Parece acertado que, en una época en la que los términos ya no están tan claros, Fukuya­ma comience acotando lo que él entiende por liberalismo clásico —una necesaria división de los poderes del Estado y un so­metimiento de las instituciones públicas al imperio de la ley— y las razones que justi­fican su preeminencia sobre otros sistemas políticos. Le preocupa especialmente recu­perar el principio liberal de la tolerancia, ante los episodios cada vez más frecuentes de grupos que impiden exponer libremente sus ideas a políticos y otros actores sociales (incluso en universidades, cuya naturaleza primera consiste en ser espacios de bús­queda razonada de la verdad). ,

Hay dos capítulos dedicados al análisis económico, en los que Fukuyama muestra cómo el liberalismo, cuando se centra úni­camente en la liberalización absoluta de la economía, desemboca en neoliberalismo. A su juicio, este neoliberalismo desbocado propugna una visión individualista y egoísta del sujeto, y convierte la búsqueda del inte­rés propio en única guía de sus actos. Fuku­yama despliega una visión mucho más rica de la naturaleza humana, recordando que el hombre tiene una vertiente social que le permite trascender esa primera frontera y buscar intereses más allá de uno mismo. Pensar al ser humano como un ser racional, pero excluyendo emociones, sentimientos y voluntad sería tener una concepción errónea del mismo, en tanto que incompleta. Tam­bién la opción inversa —acreditar en exceso lo emocional, desechando la razón— implica cercenar parte de la naturaleza humana. ,

El corazón teórico del libro se acome­te en los capítulos cuarto, quinto y sexto. Fukuyama vuelve a brindar un recorrido histórico, en este caso de diversas apro­ximaciones sobre la «autonomia» del ser humano (Lutero, Rousseau y Kant, entre otros). Absolutizar la autonomía personal y la capacidad de elección, situándolas por encima del propio bien, corrompe el sistema liberal, por paradójico que a pueda sonar. Es una crítica que han postulado tanto liberta­rios (Nozick), como comunitaristas (Taylor, MacIntyre, Sandel). Al hilo de ellos suma Fukuyama su aportación, defendiendo que no todas las opciones entre las que uno pue­de escoger, aunque lícitas, son igualmente buenas. Es decir, que hay unas formas de ejercer la autonomía mejores que otras, y que celebrar la diversidad por la mera di­versidad no parece un derrotero con funda­mento suficientemente sólido. ,

Hay un grito de fondo que recorre toda la obra: los detractores del liberalismo pro­vienen de fuera —como veíamos en la de­claración del presidente ruso—, pero tam­bién de dentro del sistema, donde opciones ideológicas escoradas tanto a la derecha como a la izquierda del arco ideológico pa­recen querer minar los pilares del mismo. Este ataque interno es el que más preocupa al autor. ,

Desde la izquierda se esgrimen argumen­tos a favor de los derechos colectivos y una crítica en contra del mínimo éxito que ha te­nido el programa liberal. Por un lado, parte de la izquierda progresista empezó abande­rando las «políticas de identidad» como for­ma de extender los derechos y la igualdad de manera efectiva, en el fondo para completar de manera real el programa liberal y elimi­nar cualquier tipo de discriminación. Sin embargo, llevar al extremo este programa significaba extender a colectivos enteros la autonomía propia de los individuos. El pro­blema emerge cuando un derecho individual y un derecho colectivo entran en colisión. ,

Por otro lado, desde posiciones de iz­quierda también se ataca al liberalismo debido al escaso éxito que ha tenido a nivel global: sigue habiendo desigualdad, pobre­za e injusticia. La tentación aquí es previ­sible: ¿por qué no atajar estos problemas desde otro marco político? La respuesta la tenemos constatada: hay sociedades en las que dar prevalencia a uno de los poderes del Estado —generalmente el ejecutivo so­bre el legislativo y el judicial— ha conlleva­do un crecimiento económico del país, pero a costa de suprimir la libertad y la vida de tantos. El caso de China es paradigmático. ,

Por su parte, el ataque conservador al li­beralismo se basa en que este último ha so­cavado las raíces, las tradiciones, la religión y la unidad nacional. Para los críticos de esta tendencia, el liberalismo se ha conver­tido en un cascarón de reglas sin contenido (reproche que se le hace habitualmente a la Unión Europea). A este respecto, Fukuya­ma recuerda que el mundo actual no es com­parable al de hace un siglo, y que difícilmen­te podremos encontrar ese tronco común que muchos conservadores defienden como necesario para construir esa visión sólida. ,

Con todo, Fukuyama no cae en la ten­tación de desvincular el liberalismo del sistema Estados-nación que, con sus pecu­liaridades, sigue vigente en nuestro siglo. Un problema del liberalismo es la timidez con la que actúa a la hora de reivindicar la tradición cultural o el patriotismo para con el país. Ese movimiento provoca que el nacionalismo iliberal se apropie de ello. Para Fukuyama, el Estado-nación sigue siendo el actor que mejor puede defender al sistema y los principios liberales. ,

La tecnología como amenaza al princi­pio de libertad de expresión ocupa al autor en el capítulo séptimo. Fukuyama pone el foco en algunos riesgos, por ejemplo, en que todos los medios de comunicación re­caigan sobre un solo empresario o grupo empresarial, o que Internet ofrezca una in­formación massiva, pero de mala calidad y falseada. La cuestión aquí es que el ensayo no plantea ninguna solución más allá del anuncio de la necesidad de una protección equilibrada de los valores de transparencia y privacidad (lo que en realidad no acome­te el meollo de la cuestión). ,

El libro se cierra con un capítulo en el que el autor confecciona una lista de princi­pios necesarios para reconstruir la sociedad liberal. Entre ellos encontramos la defensa de la amenazada libertad de expresión, la primacía de los derechos individuales fren­te a los colectivos y la idea de que la auto­nomía individual no es absoluta. Este últi­mo es particularmente interesante, ya que pone en boca de un liberal la idea de que hay absolutos que no deben ni pueden ser votados, absolutos que están incluso por en­cima de nuestra libertad. Fukuyama pone el ejemplo de la esclavitud: por mucho que se votara mayoritariamente a favor de ella, existe una premisa anterior que reza que «todos somos creados iguales» y, por tanto, el sistema liberal no solo no puede permitir su votación, sino que tiene el deber de sal­vaguardar ese derecho fundamental. ,

Hay dos aspectos que revisten especial relevancia para los educadores que lean la obra. El primero es replantearse el rol de la universidad como espacio de discusión académica. Una creciente cultura de la cancelación amenaza la libertad de expre­sión, naturalmente asociada a la institución universitaria. Se impiden reuniones, se sa­botean actos y se asaltan conferencias al amparo de que la sociedad contiene errores estructurales que deben ser enmendados, aunque sea por la fuerza. La realidad es que se veta del espacio público a alguien por sus creencias, y no por sus actos, lo que atenta directamente contra el sistema liberal. ,

En segundo lugar, son interesantes las referencias que Fukuyama hace acerca del carácter y la capacidad que tenemos todos de cultivarlo. Defiende la necesidad de educar ciudadanos con carácter formado y espíritu público, ya que ellos son quienes al final ha­cen florecer la sociedad. Este es un aspecto de enorme interés para todos los que nos de­dicamos a la educación, ya que, junto al es­pacio familiar, la escuela es donde cualquier persona empieza a trabajar esa forja del ca­rácter. A lo que apunta Fukuyama, siguien­do la estela de muchos antes que él, es que una buena formación del carácter conduce a un ejercicio apropiado de nuestra libertad. ,

Fukuyama, en definitiva, recoge la pro­blemática a la que se enfrenta el sistema político liberal y lanza algunas ideas perti­nentes, como hemos ido viendo. Las ame­nazas al sistema están mejor desarrolladas que las soluciones, pero, aunque algunas cuestiones queden sin responder, el ensayo del profesor americano nos brinda un mapa bastante certero de la situación. Quedan claros algunos de los retos que la democra­cia liberal debe afrontar actualmente. Y si algo queda claro, de principio a fin, es que el autor no cree que hoy por hoy haya una alternativa mejor al liberalismo clásico que ha venido imperando en los últimos siglos. ,

Jorge Valero Berzosa

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