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Aprender a convivir. El conflicto como oportunidad de crecimiento.

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Pérez Serrano, G. y Pérez de Guzmán, M. V. (2011).
Aprender a convivir. El conflicto como oportunidad de crecimiento.
(Madrid, Narcea). 128 pp.

Resumen

Los medios de comunicación nos han puesto sobre aviso de hasta que punto la convivencia puede resultar problemática en los centros docentes. Sin embargo, conviene advertir que la violencia y los conflictos generados por la convivencia no son un fenómeno exclusivo del ámbito educativo. En todos aquellos ambientes donde se desencadenan relaciones humanas (desde la familia a un cuartel del ejército) pueden surgir conflictos. De ahí la necesidad de reflexionar pedagógicamente sobre la convivencia y las relaciones interpersonales. Ya que no podemos obviar que la persona es un ser abierto a los otros, un ser-en-relación, es una tarea acuciante para la pedagogía orientar la convivencia y las relaciones para que sean una oportunidad de crecimiento, y no se deshumanicen las relaciones.

No cabe duda de que muchos de los problemas en la convivencia y en las relaciones vienen producidos por estilos de vida en exceso individualistas, en los que la figura del otro se aprecia como un recurso a mí disposición o bien como una amenaza a la estabilidad y seguridad personal, peor en ningún caso como una oportunidad para experimentar la riqueza que produce la diversidad. El racismo y la xenofobia son problemáticas sociales que propician la aparición de los conflictos.

De ahí, y como señalan los autores, que la convivencia sea considerada uno de los temas fundamentales de nuestro tiempo (p. 7). En el libro de la profesoras Pérez Serrano (UNED) y Pérez de Guzmán (UPO) se exploran las posibilidades pedagógicas del conflicto, esto es, el conflicto como oportunidad de crecimiento.

Se trata de una obra breve (5 capítulos), técnica y orientada a la intervención educativa. Un manual que, a modo de “hoja de ruta”, ofrece una información básica y rigurosa para todos aquellos que sin querer perderse en la discusión doctrinal tan abundante sobre el tema, necesitan conocimientos básicos sobre violen cia y gestión de conflictos, y fundamentar su intervención con ideas claras sobre el tema. En la obra se presentan al lector los conceptos más relevantes de este tema de forma clara y sencilla (conflicto, mediación, etc.); además, su orientación práctica hace más cercano el tema, incluso al abordar los aspectos teóricos. Por otra parte, la obra ofrece una visión concreta de la importancia de la mediación y resolución de conflictos, iniciando al lector en las diferentes técnicas para trabajar la resolución de conflictos en el contexto escolar. Estas técnicas aparecen de forma diferenciada. Distinguiendo entre técnicas de análisis y diagnóstico, técnicas de comunicación y negociación y técnicas de creación de buen clima para la convivencia.

El libro se estructura en cinco capítulos: aproximación al conflicto; prevención y gestión del conflicto. La mediación; violencia, conflictos y mediación en la escuela, técnicas para trabajar la no violencia y la resolución de conflictos, y en último lugar un epílogo sobre aprender a convivir.

Sin duda este epílogo resulta especialmente interesante ya que, por un lado se tratan las medidas políticas que las administraciones han elaborado para erradicar la violencia de los centros (por ejemplo, el Plan para la promoción y mejora de la convivencia escolar, MEC, 2006), y por otro se enumeran una serie de propuestas (tanto para el centro, como para profesores y alumnos) para aprender a convivir y mejorar la convivencia en la escuela.

Por otra parte, considero importante dos temas que, a mi juicio y salvo en esta obra, no suelen tener cabida en otros análisis pedagógicos que abordan estos temas. Me refiero a las posibilidades educativas que ofrecen los documentos que recogen el modelo educativo y la filosofía de los centros (p. 59). No cabe duda de la importancia que tiene el establecer una serie de normas y principios educativos básicos que, siendo recogidos por escrito en un documento, regulen toda la vida del centro. Tales documentos son capaces de generar un ethos particular, un estilo y un ambiente en el que las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa actúan como factor de protección ante los conflictos. En efecto, y como se indica en el libro, cuando los alumnos conocen bien las normas de funcionamiento del centro se producen menos actos de indisciplina, sin embargo esos documentos que recogen el modelo educativo y la filosofía no se tienen presentes como directrices de la labor educativa, sino que se convierten en papeles burocráticos que hay que cumplimentar, por lo que se desvirtúa su finalidad y no se utilizan para regular la vida del entro (p.
59).

También aparece una reflexión, aún inconclusa, sobre la consideración educativa del castigo; o como se afirma en la obra, si es preciso comenzar con medidas sancionadoras o por el contrario orientar los esfuerzos a tomar medidas educativas (p. 58). Se trataría de trazar unos límites a un optimismo pedagógico en ocasiones desorbitado. Este último punto, alcanza gran repercusión social cuando son menores quienes cometen algún tipo de delito (casos hay de sobra conocidos y difundidos por los medios de comunicación), y cíclicamente se reabre el debate social sobre el carácter punitivo v. educativo de las leyes sobre la responsabilidad penal de los menores. Sin duda es un debate inconcluso pero muy necesario en sociedades donde los menores protagonizan actos verdaderamente atroces.

En sociedades democráticas y plurales, multiculturales, multiétnicas y plurireligiosas, el aprendizaje de la convivencia es uno de los retos educativos de una escuela de calidad. No en vano y ya desde hace algunos años la UNESCO plantea la centralidad de este aprendizaje, considerándolo como uno de los pilares de la educación en el siglo XXI.

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