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La mirada de un pedagogo

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Sarramona, J. (2014).
La mirada de un pedagogo.

(Barcelona, Barcanova). 157 pp.
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Resumen

Nos encontramos ante el último libro —especialmente sugestivo— de este pedagogo tan reconocido en nuestro contexto, ahora ya jubilado. Libro en el que el autor nos ofrece —desde su propia mirada retrospectiva— una riquísima selección de narraciones en formato de «historia de vida», a partir de sus vivencias vinculadas específicamente a la educación: ámbito al que ha dedicado en más de cinco décadas gran parte de lo mejor de sí mismo, a través de su vida profesional como profesor y —si cabe aún más— como pedagogo.

Se trata de un libro de auténtica madurez —en todos los sentidos— que nos permite conocer con luz meridiana lo mejor de su vida, ante todo como teórico y práctico del mundo de la educación. Un libro escrito con más que notoria transparencia, en el que cada página del mismo está salpicada de anécdotas y reflexiones —tan claras como gratas de leer— sobre puntos neurálgicos que invitan a todo educador y pedagogo que lo lea a repensar —como amplio abanico— gran parte de los retos educativos actuales que más interesan a quien se dedica a laborar y a perfeccionar la teoría y práctica referida a casi todo asunto pedagógico.

En el primer capítulo, el autor se entretiene en la escuela primaria y en el bachillerato cursados por él en la década de los 50. Aunque es finamente crítico, por lo vivido en propia piel, con los métodos al uso en los centros educativos de aquellos años (memorismo, premios y castigos, apáticos saberes fruto del estudio de una «enciclopedia » con un poco de todo como libro de texto, etc.), no deja por ello de resaltar aspectos de diversa tipología que hace 50 años eran valiosos y que, sin embargo, en nuestros niños y jóvenes suelen escasear actualmente por la socialización y educación en que van creciendo en el ámbito escolar, social y cultural. Así lo expresa: «La competencia a nivel de escritura, que se cultiva hoy en exceso a través de las redes sociales, está muy alejada de las redacciones modélicas trabajadas en el mundo escolar de entonces; el resultado es, en general, un empobrecimiento del lenguaje, que se ha tornado con demasiada frecuencia en simplista, lo que lleva a que el pensamiento también acabe siendo así. Lo más triste de una comunicación de este tipo es que prioriza la velocidad sobre la complejidad y los matices. Quizás hay que esperar eso de muchos jóvenes, al vivir hoy a un ritmo frecuentemente frenético».

Sigue después, en el capítulo segundo, con sus vivencias y reflexiones relacionadas con la época en que cursó el Bachillerato «libre». Tras unas consideraciones críticas muy oportunas a formas de estudiar o de ser evaluados propias de aquel tiempo, el autor del libro realiza una serie de reflexiones tan realistas como dignas de reconsideración. «Si comparamos —dice— el tipo de vida de los adolescentes de mi época con la propia de los de ahora, es fácil constatar que es uno de los aspectos más drásticamente cambiados en nuestra sociedad actual. Hemos ganado en cierta formación, comodidad, libertad, etc.; pero hemos perdido sentido de la consideración, respeto de los unos por los otros, capacidad de esfuerzo continuado […] Las discotecas son de visita obligada más de una noche por semana; unas noches que comienzan a la una de la madrugada. No creo que unos jóvenes que se van a dormir más de una noche a las nueve de la mañana estén en condiciones de estudiar al día siguiente […] Ahora, los mismos padres más bien procuran no hacer ningún ruido para dejar dormir a sus «pobres» hijos hasta las tres de la tarde por haber llegado a casa a las ocho o las nueve de la mañana. ¿No sucede esto de manera demasiado habitual? […] Por mi parte, reitero mi esperanza en que se retorne a una cultura en que se modere el consumismo y en que se recuperen valores como el esfuerzo y la capacidad de renuncia, actitudes y valores tan necesarios para abrirse camino en una sociedad tan compleja como la nuestra.

Confío también en que enraíce en los padres la convicción de que la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos es una formación adecuada y un carácter preparado para superar las dificultades que, inevitablemente, le vendrán a lo largo de la vida».

El capítulo tercero de este libro, que imanta vivamente al lector, se centra en sus estudios de magisterio en la Escuela Normal de Lérida. Dado que quien reseña esta autobiografía también estudió en ese mismo lugar algo más de una década después, resulta fácil confirmar las reflexiones críticas tan razonables que hace el autor a la pobrísima «pedagogía» que se impartía allí —como en otras Normales de nuestro contexto— en los años 50 y 60 del siglo que nos precede. En realidad, sólo había alguna asignatura de Pedagogía en los tres años de carrera que, como apunta el profesor Sarramona, eran una cierta continuación del Bachillerato, con uno o dos libros de texto más «pedagógicos» que había que leer en clase y aprender de memoria en casa. Entre relatos atrayentes por su rica viveza, en que el autor —a pesar de todo— aprovecha para rescatar lo mejor de esos tres años de estudios, se encuentran también reflexiones realmente juiciosas relacionadas con la «formación de maestros», ya más centrada en nuestro tiempo. «En cuanto a la formación de los maestros —comenta— se debería aumentar el nivel de exigencia para acceder a esa carrera, con el fin de conseguir que estén bien cualificados, captando los mejores alumnos de bachillerato, como hacen los países con las mejores evaluaciones internacionales (Finlandia, Corea del Sur, Canadá…). Si conviene, habría que reducir el número de maestros que salen de nuestras universidades —ya que no todos encontrarán trabajo con su título de magisterio— y centrarse en los mejores preparados, en todos los sentidos. Sin duda alguna, la calidad de los profesores es la principal variable a la hora de explicar la calidad de un sistema educativo».

El capítulo cuarto tiene el sugestivo título: «Hacer de maestro en los años sesenta y con diecisiete años». Además de comentar con ejemplos gratos cómo la temprana edad para empezar a ejercer como maestros se compensaba, de algún modo, con la adquisición más pronta de una madurez personal en aquellas décadas, el protagonista de este libro autobiográfico no deja de hacer reflexiones dignas de ser objeto de reflexión pausada por parte del lector de este muy interesante libro. «Uno de los recuerdos más fuertes que todavía mantengo de esos cuatro años es que entonces había que ser «maestro» las veinticuatro horas del día… y todos los días de la semana». Pocas páginas después señala con contundencia: «Es innegable que la profesión de maestro, por la influencia y huella que deja en la personalidad de los niños durante el tiempo que ejerce su tarea educadora y docente con ellos, se trata de una actividad formadora que requiere un profundo compromiso moral, además de toda la preparación técnica pedagógica- didáctica que los tiempos actuales exigen.

Ciertamente, para fomentar los mejores valores morales en los alumnos, es totalmente imprescindible que el maestro los viva personalmente como educador».

El quinto capítulo está dedicado a «Los estudios en la universidad», con el fin de licenciarse en Pedagogía, tras matricularse en la Universidad de Barcelona y comenzar dichos estudios en el curso 1964-1965.

Recoge en él un conjunto de vivencias de notable interés para captar la convulsión propia de aquellos años universitarios, en un tiempo en que se adivinaba y, de hecho se avecinaba, el cambio de la dictadura a la democracia.

El sexto capítulo se centra en «La docencia universitaria», por parte del autor del libro. Resultan muy interesantes sus comentarios a raíz de su estrecho contacto —como profesor novel— con el catedrático José Fernández Huerta y, también, con el reconocido Emilio Redondo, aparte de frescas anécdotas, como el estrenarse con la asignatura de «Introducción a la Pedagogía » al cargo de tres grupos de trescientos alumnos cada uno, lo que significaba una casi titánica dedicación a la docencia.

En el curso 1972-1973 pasó a ser profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde fue influenciado evidentemente por Josep Pallach, director entonces del Departamento de Pedagogía y Didáctica, al que después sucedería el Catedrático José Luis García Garrido.

El séptimo capítulo lleva por título «La experiencia del Consejo Catalán de Enseñanza ». En él se encuentran, a su vez, cuatro significativos apartados, de los que aquí intentaré hacer algunas menciones de gran interés, de entre las muchas que el lector del libro puede encontrar ahí.

Una de ellas se refiere a sus «oposiciones» a la plaza de Catedrático de Pedagogía, que el profesor José Luis García Garrido dejaba vacante al trasladar su dedicación al Ministerio. Unas oposiciones duras, en las que —en la primera ocasión— se presentaron juntos otros pedagogos de primer orden en el contexto español, tales como Agustín Escolano, José Luis Castillejo y Gonzalo Vázquez. Sería algo después, en el año 1981, cuando ganaría la plaza de profesor «agregado»… y el acceso ya a la de «catedrático» en 1983, con 39 años. A raíz de sus oposiciones, el autor hace una cierta propuesta para los momentos actuales que invita a pensar con más criterios en un asunto de tanta trascendencia, sobre todo para los estudiantes, tal como él mismo apunta. «¿Qué sistema —se pregunta— de acceso del profesorado universitario garantiza mejor la calidad docente? Seguramente no hay una única opción.

[No obstante], creo que el mejor sistema sería aquél que se fundamentara en una evaluación objetiva de los candidatos que desean estabilizar su plaza durante un buen tiempo, pongamos cinco años. Eso se podría conseguir mediante una comisión de profesores senior, internos y externos […] Es decir, con una primera oposición, no se habría de asegurar una plaza de por vida, sino que se deberían superar evaluaciones periódicas hasta llegar a conformar un currículum personal —docente e investigador— que permitiera optar por la continuidad o el acceso a categorías superiores en la escala académica […] Y todo ello pensando, en primer lugar y preferentemente, en los futuros estudiantes receptores.

Éstos tienen derecho a tener un profesorado de calidad, que les garantice la formación adecuada para los complejos tiempos actuales». ¡Vaya filón para repensar tan delicada cuestión universitaria! En otro apartado de ese capítulo, «Las relaciones interuniversitarias e intrauniversitarias », ofrece un cúmulo de anécdotas y vivencias que constituyen, en buena parte, un claro reflejo de la historia de la Pedagogía en nuestras tres últimas décadas.

Es difícil recoger en este acotado espacio escrito toda la riqueza de matices frescos sobre esta temática tan actual. Sí merece una obligada mención la configuración del SITE (Seminario Interuniversitario de Teoría de la Educación), iniciado en 1982 y con vigor anual actualmente, que pronto dio lugar a una reconocida revista: Teoría de la Educación. Revista interuniversitaria.

Al respecto, comenta el autor: «Con cierta frecuencia se olvida que el «saber » no es una cuestión que se pueda repartir según cuotas; lo más positivo de los Seminarios y Congresos son los encuentros entre profesores de diversas universidades que comparten docencia en asignaturas afines y que permiten muy ricos intercambios de experiencias pedagógicas».

El tercer apartado de este capítulo más amplio es rotulado así: «El paso por la enseñanza a distancia». La tesis doctoral del autor (1975) fue, precisamente, La enseñanza a distancia, publicada como libro por CEAC poco después. Sin duda, él fue uno de los primeros en investigar, publicar y promover este tipo de enseñanza-aprendizaje «a distancia»; por ejemplo, siendo asesor pedagógico de CEAC durante once años… y ocupando el mismo cargo en los inicios de la UNED española, por invitación de su entonces Rector. Todo este apartado es una muestra más de la prolífica implicación del profesor Jaume Sarramona en muy numerosas iniciativas en este campo, en nuestro contexto y en Hispanoamérica.

Merece la pena leerlo todo con reposo, pensando en el auge que hoy en día están tomando —como el propio autor apunta— el e-learning, el blended learning, el aprendizaje en red, las plataformas digitales, los campus virtuales y un largo etcétera.

El cuarto apartado del capítulo que ahora se comenta, bajo el título de «Mis publicaciones», deja sorprendido al lector y conduce a éste a preguntarse cómo una actividad tan intensa a nivel de docencia universitaria, de investigaciones múltiples, de cargos en la administración educativa, etcétera, no haya constituido un hándicap para permitir a nuestro autor publicar un número tan elevado de libros de texto pedagógicos, de monografías, de artículos en las mejores revistas, de colaboraciones continuadas en los medios de comunicación, etcétera. Al final de esta obra, se puede verificar este legado impagable, gracias a un listado de su producción con una «¡selección de libros y artículos!»… de once páginas.

El octavo capítulo lleva por título «La colaboración con la administración edu cativa». Si bien contiene muchos datos y detalles riquísimos en todos los aspectos, mencionamos aquí sólo algunos, que hablan por si solos: miembro del Consell Escolar de Catalunya durante siete años y, también, presidente de este Consejo a lo largo de seis años más. Cuatro años después presidente del Consell Superior d’Avaluació del Sistema Educatiu de Catalunya, en el que puso en marcha iniciativas como la evaluación en competencias básicas, así como la evaluación de la aplicación de la LOGSE, a través de la Conferència Nacional d’Educació. Comentando la labor de ésta, el autor hace una alusión digna de ser citada: «Expertos internacionales, como Jacques Delors, Federico Mayor Zaragoza, Schleitcher, Hutmacher, etc., habían valorado como modélica la labor de esta Conferència en muchos aspectos». Otro punto a destacar en los comentarios propios de este capítulo por su autor es el relativo a su pertenencia, en 1986, a la conocida «Comisión XV», que había nombrado el Ministerio para hacer propuestas sobre la reforma de los títulos universitarios. Esta Comisión, concretamente, estudió los nuevos títulos de Magisterio, Pedagogía, Psicopedagogía y Educación Social. Junto a él estaban otros nombres de prestigio, como José Gimeno, Ángel Pérez y César Coll.

Las páginas que dedica a las propuestas de esta Comisión XV son de sumo interés, casi de obligada lectura para quienes deseen conocer lo que, realmente, parece que más convenía para la misma Pedagogía.

Un apartado importante de este capítulo lleva como título: «Comprometido con las competencias (básicas)». Ahí, el autor comenta con viveza detalles de notable importancia relacionados con su colaboración con el Departament d’Ensenyament de Catalunya, iniciada en el curso 2011-2012.

Fue coordinador de los grupos de trabajo centrados en la identificación de las competencias básicas de las áreas curriculares fundamentales, así como en proporcionar orientaciones para su consecución y evaluación, tanto para la educación primaria como para la secundaria. A raíz de esa iniciativa, el autor hace alusión a su activa implicación en esa temática tan en vigor, propia de las «competencias básicas», invitando, a su vez, a consultar sus publicaciones sobre dicha materia en el anexo final bibliográfico.

Otro apartado del mismo capítulo, «De nuevo con las competencias», hace blanco en su implicación central en la Agència per a la Qualitat del Sistema Universitari de Catalunya, desde el 2004, dentro del ámbito de las «ciencias de la educación», con el fin de conceder —o no— la acreditación a los profesores universitarios que la solicitan. Implicación que, después, puso en activo también en Latinoamérica, concretamente en Chile y México.

El libro ahora objeto de reseña termina con tres apartados más: «El paso a emérito», «Unos doctorados en América» y la «Amistad ». En el primero de ellos, el autor hace comentarios muy sustanciosos en relación al acierto —o no— de la figura de Profesor Emérito (especialmente, la concedida en una edad todavía temprana: a los 60 años), teniendo siempre él en mente el verdadero bien para los estudiantes; en concreto: la posibilidad de gozar de profesores experimentados y capaces de darles lo mejor de sí mismos, y apuntando la idea —cabal— de un retiro de la universidad de forma razo nablemente «progresiva». En el segundo apartado, hace alusión —siempre con ricos comentarios— al fomento de «programas de doctorado» en Chile y en México realizados, por iniciativa suya, en convenio con la Universidad Autónoma de Barcelona. Finalmente, aborda el tema de la «amistad», en coherencia con el carácter autobiográfico propio de este magnífico libro. En este sentido, aparte de lo que comenta con manifiesta nobleza él ahí, quien le conoce bien sabe que siempre ha recibido más de su parte que no a la inversa.

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