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Nasarre, E. (Ed.) (2022). Por una educación humanista. Un desafío contemporáneo. (Clara Ramírez-Torres)

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Nasarre, E. (Ed.) (2022).
Por una educación humani n desafío contemporáneo.
Narcea. 212 pp.

Resumen

Recuerdo una frase que una vez escuché. Decía más o menos así: «los de ciencias construimos el mundo, mientras que los de letras simplemente escribís cómo lo hacemos». La verdad es que es de una gran ignorancia no solo no saber de algo, sino ni siquiera comprender la influencia (y por tanto el poder) que ese saber puede tener. Quizás, con la siguiente modificación, la frase anterior sea más verdadera: «los de letras expresan cómo es (o será) el mundo y los de ciencias lo construyen según estas expresiones1». ,

En el libro que aquí se reseña se vislumbra la aportación que ofrece una educación humanista y su urgencia. Como ahí se describe, esta educación no pretende salvar las humanidades, sino salvarnos a nosotros mismos. De esta forma, el libro se articula en nueve capítulos escritos por autores de referencia en el ámbito educativo, psicológico y cultural hispanohablante. ,

En la introducción, redactada por el editor del libro Eugenio Nasarre, se explica, citando a Jacques Maritain, que el problema de la educación actual reside en subordinar los fines a los medios. Por tanto, busquemos la finalidad de la educación; pues, si no, como se muestra en varios apartados del libro, esta puede quedar al servicio de otros fines que atenten contra la libertad de la persona. Parafraseando a Píndaro, «nada es más importante para cada uno de nosotros y nada es más difícil que llegar a ser hombre» (p. 10). Por tanto, el fin más noble que puede perseguir la educación es el de ayudarnos a ser más humanos. ,

El capítulo uno, escrito por Gregorio Luri, comienza con una pequeña anécdota que la pedagogía actual aprobaría sin reparo, justificando que de esta manera el niño está aprendiendo el mundo que le rodea (seguramente, una persona externa a este ámbito sería capaz de identificar y expresar llanamente que el niño se está distrayendo). Actualmente, y en especial en la educación, después de las huellas dejadas por el constructivismo, existe en el colectivo social una crítica despiadada a la escuela y a términos como «autoridad», «disciplina», «esfuerzo», entre otros similares. Así, poco a poco y en aras de la igualdad, hemos llegado a un sistema de educación garantista que, en palabras de Alessandro Baricco «paraliza el crecimiento, paraliza el entusiasmo, la esperanza, las posibilidades de cambio» (p.30); pues, cuando los criterios para progresar en la escuela dejan de ser el mérito y el esfuerzo, estos son sustituidos por otros, como el nivel sociocultural o económico de la familia. Por otro lado, si bien la escuela es una institución imperfecta y con defectos, es también una causa noble, como decía Maeztu: «el pensamiento humano debe infinitamente más a las instituciones que obligan a pensar que no al mero permiso de pensar» (p. 45). ,

En el capítulo siguiente, escrito por Miguel Herrero de Jáuregui, se da respuesta a la pregunta: ¿por qué es necesaria la educación humanista en el siglo xxi? Las humanidades, a pesar de las críticas que reciben desde los distintos extremos políticos —consideradas como saberes improductivos por la derecha utilitarista o como una educación para la élite desde la izquierda (p. 48)—, están y estarán siempre presente en la vida de las personas. Por tanto, la cuestión de fondo y razón de ser de este capítulo es cómo usar las humanidades para hacernos más libres. Porque, aunque se mantengan la música, la literatura o la filosofía, de todas estas ramas habrá ejemplares de todo tipo y lo que no está prescrito es cuáles merecen ser conocidos. Si la escuela no asume la enseñanza de las humanidades —buscando mostrar ejemplares de calidad y de diferentes corrientes—, estas quedarán abandonadas a las modas e incluso al influjo de otras instituciones, con fines menos claros que la escuela, en los que se pueda manipular sesgando las humanidades. ,

Más adelante, en el tercer capítulo, su autora, Carmen Guaita Fernández, se cuestiona sobre el papel del docente en un mundo donde las máquinas se van abriendo paso, cada vez más, en entornos hasta el momento impensables, presumiendo de mayor eficacia y precisión. En contraposición, la relación profesor-alumno debe ofrecer aquello más humano y que las máquinas no son capaces de aportar: diálogo, convicciones, expectativas, sentido y voluntad. De todas estas, la autora señala especialmente el diálogo, tanto entre personas como con uno mismo. Por otro lado, frente a la inmediatez de la tecnología — que oculta los procesos mostrando solo los resultados—, descubrimos que todo lo humano requiere de tiempo, como el cultivo de las virtudes que, en palabras de Guaita, son «los verdaderos y únicos avances de la humanidad» (p. 76). ,

El capítulo cuatro trata sobre la autoridad del maestro. Juan Antonio Gómez Trinidad, quien escribe el capítulo, expresa que sin autoridad no puede haber educación y, por tanto, carece de sentido cuestionarla en el ámbito educativo. Sin embargo, el problema actual no se encuentra en el debate sobre la autoridad, sino en dar por supuesto que esta no debe existir. Esta crisis de autoridad es debida a varias causas: la debilidad de la sociedad actual que se muestra en la falta de ejemplaridad y en el exceso otorgado a los sentimientos —que, a diferencia de los razonamientos, que son jerarquizados, estos son igualmente válidos—; la concepción que la nueva pedagogía le ha dado a la autoridad como amenaza de la autonomía del niño; y la praxis abusiva que de esta se ha hecho. Por último, se expone el camino para la recuperación de la autoridad, pues, cuando esta no se ejerce, «no es que desaparezca la jerarquía, sino que esta es sustituida por otra, normalmente de carácter hegemónico y despótico» (p. 85). ,

En el siguiente capítulo, Agustín Dosil Maceira, desde varias disciplinas, ofrece un itinerario para «alcanzar las cotas más altas de crecimiento y desarrollo personal —sabiduría y felicidad— y así contribuir a construir un futuro más humano» (p. 99). Además, muestra algunas situaciones actuales que suponen un reto para el crecimiento personal, como el desdibujo de los distintos papeles que deben tener los diferentes agentes educativos —asumiendo tareas que no le competen o viceversa— y la percepción utilitarista que hace que varíe lo que se considera valioso —siéndolo hoy, pero quizás mañana no—. Por último, explica las consecuencias del uso y abuso de la tecnología en el desarrollo. ,

El capítulo seis trata sobre el aprendizaje de la virtud y lo escribe Agustín Domingo Moratalla. En él, se expresa su importancia y papel insustituible —a pesar de su ausencia en los planteamientos educativos—, pues, sin ella, la educación moral fracasa. A lo largo del capítulo se reivindica este concepto en cuanto que permite el equilibrio entre naturaleza y cultura; es mediadora entre los valores —algo necesario en una sociedad pluricultural—; y, a diferencia de las normas, no se queda únicamente en mínimos exigibles, sino que propone máximos para la vida buena. Por otro lado, y siguiendo las aportaciones de MacIntyre, se presentan varios horizontes de la virtud en la sociedad actual, llegando a entenderla como fortaleza para el coraje del bien. ,

El séptimo capítulo, escrito por Xavier Pericay Hosta, comienza con varias anécdotas donde se percibe el forzado y con frecuencia absurdo uso de la lengua en aras de no herir a nadie. Como se reflejará más adelante, cambiado el lenguaje se consigue cambiar otras realidades más profundas. Por otro lado, y parafraseando a Hannah Arendt, se explica que la educación necesita autoridad y tradición, transmisión de esa cultura que nos precede. Sin embargo, debido a los términos que se empezaron a imponer en el ámbito educativo con la LOGSE —aunque ya se podían intuir algunos vestigios en la ley de educación de 1970—, la autoridad y tradición han perdido valor, en decremento de la educación. ,

En el capítulo ocho, José María Martínez-Val Pañalosa hace un recorrido sobre el desarrollo de la verdad científica, pasando desde una concepción en la que solo se podía estudiar de manera científica aquello tangible y cuya sustancia pudiéramos penetrar, hasta las aportaciones de la física cuántica que nos permiten conocer sin penetrar. Acaba el capítulo mostrando que la inteligencia es aquello que nos hace identificar la verdad científica, pero se requiere de una mayor inteligencia para identificar nuestros fines, pues el conocimiento aporta un gran poder que habrá que utilizar bien, ya que puede ocasionar monstruos como la bomba atómica. ,

El último capítulo, elaborado por Gregorio Robles Martínez y Jesús Moreno León, muestra la adaptación recíproca del ser humano y la tecnología. Toma como metáfora la relación que existe entre los protagonistas de la novela de Cervantes, en la cual se aprecia que Don Quijote adquiere rasgos de Sancho y a su vez Sancho se quijotiza. Así, los seres humanos vamos cambiando debido a nuestra relación con la tecnología, pero también debemos procurar que esta tome rasgos humanos. Para humanizar la tecnología, sin duda, será necesario que nosotros aprendamos todo lo que significa ser humano y en esto, el estudio de las humanidades juega un papel relevante. ,

A lo largo de la lectura del libro se puede percibir una inquietud de búsqueda hacia lo verdadero que llega incluso a cuestionarse algunos aspectos pertenecientes al dogmatismo de lo políticamente correcto, ofreciendo una amplitud de miras. Por último, cabe destacar que la educación humanística ha sido justificada desde y para diferentes ámbitos: personal, social, científico y pedagógico. Los autores proceden de diversos campos del conocimiento, desde la filosofía hasta la ingeniería, pasando por docentes de varias etapas educativas, lo que ha permitido una concepción holística de la aportación de las humanidades. Así, en su misma estructura ha mostrado ya aquello que defiende: que lo humano puede ser amplio, grande, diverso y armónico. ,

Nota ,

1. Nótese aquí la similitud de esta idea con el relato bíblico de la creación en el que lo primero fue la palabra, lo que dijo Dios, y, a continuación, lo que existe. «Entonces Dios dijo: “Que exista la luz”. Y la luz existió.» (Gn 1,3). ,

Clara Ramírez-Torres ■ ,

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