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Educar en la alteridad

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Ortega Ruiz, P. (2014).
Educar en la alteridad.
(Colombia, Redipe y Editum). pp. 225.
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Tras una larga trayectoria de estudio y reflexión sobre la pedagogía de la alteridad, el equipo de investigación de la Universidad de Murcia converge en una publicación junto a otros colegas. Este libro presenta otra forma de concebir la educación desde la ética levinasiana, que sitúa al educando en el epicentro de la tarea educativa otorgándole el protagonismo que merece, y al educador como favorecedor del reconocimiento, acogida y desarrollo humano del otro; y desde una concepción antropológica de la educación que reconoce al sujeto, no desde lo abstracto, sino como persona concreta, que vive un contexto concreto y con unas necesidades concretas. Una educación en la que la ética de la compasión y la responsabilidad no son desconocidas.
El libro comienza haciendo una reflexión sobre las prácticas educativas idealistas llevadas a cabo desde la ética kantiana, insuficientes para establecer la relación ética desde la compasión y responsabilidad entre el que compadece y el compadecido, propio de la ética levisiana. El hombre necesita ser acogido y protegido, alguien que responda por él. Educar desde la alteridad, es educar desde el otro, desde la acogida, la escucha, el cuidado, la denuncia, la protesta o la resistencia al mal. Es la experiencia ética de la presencia ineludible del otro en mí. Una respuesta que nace de la inquietud por el otro que aparece ante nosotros sin previo aviso. La educación en la alteridad tiene una inevitable dimensión social que conlleva la respuesta a un sujeto singular y concreto. Es un reflejo de lo que somos y como vivimos, de cómo nos relacionamos con las personas que nos rodean.
En su intento de transferir la ética levinasiana en discurso pedagógico, el profesor Ortega nos ofrece en el texto que lleva por título «Educar es responder del otro», en el que no sólo se recoge el análisis crítico-reflexivo de la realidad escolar actual, sino una propuesta en la que dibuja los roles que corresponden al docente y educando en la pedagogía de la alteridad. Sitúa al alumno como protagonista de la educación.
Pretende rescatar la figura del maestro, dotándole de compasión y amor desinteresado como aspectos esenciales para que se establezca la relación ética y responsable.
Solo así la educación se traduce en la escucha, en la respuesta y acogida del otro. De igual modo, el profesor Mínguez (capítulo 4) realiza un esbozo del pensamiento de Lévinas como una de las vías más fuertes para trabajar la pedagogía de la alteridad que ha puesto «patas arriba» los fundamentos de la tradición educativa occidental. Esta perspectiva ético-moral que determina la orientación y medida de la libertad personal es inter-subjetiva. Insiste en atender al otro. Educar desde esta perspectiva significa educar, lejos de una formación instrumentalizada e individualista, es hacerse cargo del otro en su fragilidad y vulnerabilidad, por ello implica tanto la práctica de la compasión como del diálogo.
En un intento de ejemplificar pedagógicamente la pedagogía de la alteridad en el quehacer docente, el profesor y amigo Jordán, nos acerca a la propuesta educativa de Max van Manen. En este sentido, la pedagogía como ciencia que busca humanizar ha de tener tres condiciones: amor, esperanza y responsabilidad. Por su parte, la responsabilidad pedagógica además del tacto pedagógico, entendido como la sensibilidad capaz de captar las manifestaciones de vulnerabilidad de los otros, implica des-vivirse, es decir, vivir en y para los otros. En palabras de Van Manen, un fallo común en los docentes es centrarse exclusivamente en instruir sus mentes, mostrándose insensibles a sus corazones.
La sensibilidad educativa radica en la riqueza y madurez del ser personal, en la forma de mirar al otro, en la compasión.
La responsabilidad pedagógica implica el cuidado como preocupación responsable, aunque esta tarea no siempre sea placentera.
Todo el capítulo está plagado de citas textuales a experiencias docentes de responsabilidad pedagógica con la finalidad de mostrar un modelo de hacer educación alternativa.
En un contexto cada vez más multicultural y plural consecuencia de una globalización, se subraya la necesidad de que la sociedad en general y la escuela en particular, asuman la responsabilidad de la educación intercultural, en la que la cultura no sea inamovible, sino susceptible de cambio. Desde este modelo de educación se abordan en el libro la realidad intercultural (capítulo 3), criticando el modelo cognitivo y entiendo la interculturalidad como exigencia moral, que no comienza con la pregunta ¿qué debo hacer? Sino con la respuesta a la vulnerabilidad del otro.
Desde la pedagogía de la alteridad el otro extranjero, es sacado del anonimato, para ser recibido como tal. Se parte de la situación de exclusión y sufrimiento que acompaña al «extranjero» con cultura diferente a la sociedad receptora. Esta perspectiva se fundamenta en una propuesta de hospitalidad y acogida en donde la educación es y resuelve una relación ética sobre el otro. La asimetría, la responsabilidad y la no diferencia parten como criterios éticos de responsabilidad para lograr una adecuada interculturalidad.
La postmodernidad despierta el problema educativo en todos los contextos, pero especialmente en las familias, de la ambigüedad, quienes comienzan a buscar calidad en otros ámbitos, y acaban convirtiéndose en clientes dependientes de lo escolar. Todo ello genera un contexto de riesgo y vulnerabilidad cuyos efectos son legados a los hijos. De ahí la necesidad de asumir la responsabilidad educativa en las familias (capitulo 5 y 8), que implica necesariamente rescatar la confianza en su función educativa, romper con el mito de la sobrevaloración de lo cognitivo (escolar) y centrarse en la transmisión de valores (propiamente familiar).
Educar en valores es transmitir aquella configuración humana imprescindible para que las nuevas generaciones vayan convirtiéndose en seres culturales y responsables.
Para Mínguez la familia debe fundarse sobre lecciones de proximidad afectiva, cuidado personal y convivencia cordial, y para ellos los padres deben de tener cuatro criterios básicos en el proceso de acogida familiar: el tacto o sensibilidad pedagógica, la escucha atenta, el humor y la comunicación interpersonal. Por su parte, Hernández Prados, plantea como propuestas pedagógicas el promover una familia humanizadora frente a la familia altamente consumista que impera en nuestra sociedad; establecer un núcleo familiar como comunidad rompiendo con el excesivo individualismo implantado actualmente; contribuir a hacer de la familia un espacio de acogida que evita instrumentalizar al recién llegado y para ello es necesario también acabar con los monólogos familiares y promover la escucha activa de aquellos que más necesitan ser reconocidos, nuestros hijos.
Escuela y Familia se unen como contextos fundamentales en la explicación del abandono escolar. Los compañeros de Mexicali nos presentan los resultados de su investigación cualitativa que nos permite conocer las causas de la deserción escolar, así como describir la responsabilidad y la acogida en el contexto familiar de los jóvenes que abandonan sus estudios.
Para concluir, señalar que el hilo conductor en todos los textos, sobre pedagogía de la alteridad, recogidos en este libro es el concepto de responsabilidad como proyecto de humanización. De ahí que uno de sus capítulos se haya destinado principalmente al análisis del mismo, entendiendo la responsabilidad no sólo como responsabilidad jurídica que nos lleva a asumir las consecuencias derivadas de los propios actos (Hans Jonas), sino también la responsabilidad colectiva ante lo no hecho (Hannah Arendt). Tras el recorrido por diversos autores del concepto de responsabilidad, se detiene en la noción de responsabilidad en Lévinas entendida como compromiso moral y alteridad.
Una responsabilidad que emana del sentimiento que nace en el encuentro con el otro y me lleva a salir del propio egoísmo para hacerme cargo del él, sin esperar reciprocidad por ello. En este sentido la educación como acontecimiento ético no debe apoyarse en presupuestos kantianos que explican al ser humano como un ser en sí y para sí, sino como una realidad abierta al otro y para el otro.
Mª Ángeles Hernández Prados y Rita Ros Pérez- Chuecos

Resumen

Tras una larga trayectoria de estudio y reflexión sobre la pedagogía de la alteridad, el equipo de investigación de la Universidad de Murcia converge en una publicación junto a otros colegas. Este libro presenta otra forma de concebir la educación desde la ética levinasiana, que sitúa al educando en el epicentro de la tarea educativa otorgándole el protagonismo que merece, y al educador como favorecedor del reconocimiento, acogida y desarrollo humano del otro; y desde una concepción antropológica de la educación que reconoce al sujeto, no desde lo abstracto, sino como persona concreta, que vive un contexto concreto y con unas necesidades concretas. Una educación en la que la ética de la compasión y la responsabilidad no son desconocidas.
El libro comienza haciendo una reflexión sobre las prácticas educativas idealistas llevadas a cabo desde la ética kantiana, insuficientes para establecer la relación ética desde la compasión y responsabilidad entre el que compadece y el compadecido, propio de la ética levisiana. El hombre necesita ser acogido y protegido, alguien que responda por él. Educar desde la alteridad, es educar desde el otro, desde la acogida, la escucha, el cuidado, la denuncia, la protesta o la resistencia al mal. Es la experiencia ética de la presencia ineludible del otro en mí. Una respuesta que nace de la inquietud por el otro que aparece ante nosotros sin previo aviso. La educación en la alteridad tiene una inevitable dimensión social que conlleva la respuesta a un sujeto singular y concreto. Es un reflejo de lo que somos y como vivimos, de cómo nos relacionamos con las personas que nos rodean.
En su intento de transferir la ética levinasiana en discurso pedagógico, el profesor Ortega nos ofrece en el texto que lleva por título «Educar es responder del otro», en el que no sólo se recoge el análisis crítico-reflexivo de la realidad escolar actual, sino una propuesta en la que dibuja los roles que corresponden al docente y educando en la pedagogía de la alteridad. Sitúa al alumno como protagonista de la educación.
Pretende rescatar la figura del maestro, dotándole de compasión y amor desinteresado como aspectos esenciales para que se establezca la relación ética y responsable.
Solo así la educación se traduce en la escucha, en la respuesta y acogida del otro. De igual modo, el profesor Mínguez (capítulo 4) realiza un esbozo del pensamiento de Lévinas como una de las vías más fuertes para trabajar la pedagogía de la alteridad que ha puesto «patas arriba» los fundamentos de la tradición educativa occidental. Esta perspectiva ético-moral que determina la orientación y medida de la libertad personal es inter-subjetiva. Insiste en atender al otro. Educar desde esta perspectiva significa educar, lejos de una formación instrumentalizada e individualista, es hacerse cargo del otro en su fragilidad y vulnerabilidad, por ello implica tanto la práctica de la compasión como del diálogo.
En un intento de ejemplificar pedagógicamente la pedagogía de la alteridad en el quehacer docente, el profesor y amigo Jordán, nos acerca a la propuesta educativa de Max van Manen. En este sentido, la pedagogía como ciencia que busca humanizar ha de tener tres condiciones: amor, esperanza y responsabilidad. Por su parte, la responsabilidad pedagógica además del tacto pedagógico, entendido como la sensibilidad capaz de captar las manifestaciones de vulnerabilidad de los otros, implica des-vivirse, es decir, vivir en y para los otros. En palabras de Van Manen, un fallo común en los docentes es centrarse exclusivamente en instruir sus mentes, mostrándose insensibles a sus corazones.
La sensibilidad educativa radica en la riqueza y madurez del ser personal, en la forma de mirar al otro, en la compasión.
La responsabilidad pedagógica implica el cuidado como preocupación responsable, aunque esta tarea no siempre sea placentera.
Todo el capítulo está plagado de citas textuales a experiencias docentes de responsabilidad pedagógica con la finalidad de mostrar un modelo de hacer educación alternativa.
En un contexto cada vez más multicultural y plural consecuencia de una globalización, se subraya la necesidad de que la sociedad en general y la escuela en particular, asuman la responsabilidad de la educación intercultural, en la que la cultura no sea inamovible, sino susceptible de cambio. Desde este modelo de educación se abordan en el libro la realidad intercultural (capítulo 3), criticando el modelo cognitivo y entiendo la interculturalidad como exigencia moral, que no comienza con la pregunta ¿qué debo hacer? Sino con la respuesta a la vulnerabilidad del otro.
Desde la pedagogía de la alteridad el otro extranjero, es sacado del anonimato, para ser recibido como tal. Se parte de la situación de exclusión y sufrimiento que acompaña al «extranjero» con cultura diferente a la sociedad receptora. Esta perspectiva se fundamenta en una propuesta de hospitalidad y acogida en donde la educación es y resuelve una relación ética sobre el otro. La asimetría, la responsabilidad y la no diferencia parten como criterios éticos de responsabilidad para lograr una adecuada interculturalidad.
La postmodernidad despierta el problema educativo en todos los contextos, pero especialmente en las familias, de la ambigüedad, quienes comienzan a buscar calidad en otros ámbitos, y acaban convirtiéndose en clientes dependientes de lo escolar. Todo ello genera un contexto de riesgo y vulnerabilidad cuyos efectos son legados a los hijos. De ahí la necesidad de asumir la responsabilidad educativa en las familias (capitulo 5 y 8), que implica necesariamente rescatar la confianza en su función educativa, romper con el mito de la sobrevaloración de lo cognitivo (escolar) y centrarse en la transmisión de valores (propiamente familiar).
Educar en valores es transmitir aquella configuración humana imprescindible para que las nuevas generaciones vayan convirtiéndose en seres culturales y responsables.
Para Mínguez la familia debe fundarse sobre lecciones de proximidad afectiva, cuidado personal y convivencia cordial, y para ellos los padres deben de tener cuatro criterios básicos en el proceso de acogida familiar: el tacto o sensibilidad pedagógica, la escucha atenta, el humor y la comunicación interpersonal. Por su parte, Hernández Prados, plantea como propuestas pedagógicas el promover una familia humanizadora frente a la familia altamente consumista que impera en nuestra sociedad; establecer un núcleo familiar como comunidad rompiendo con el excesivo individualismo implantado actualmente; contribuir a hacer de la familia un espacio de acogida que evita instrumentalizar al recién llegado y para ello es necesario también acabar con los monólogos familiares y promover la escucha activa de aquellos que más necesitan ser reconocidos, nuestros hijos.
Escuela y Familia se unen como contextos fundamentales en la explicación del abandono escolar. Los compañeros de Mexicali nos presentan los resultados de su investigación cualitativa que nos permite conocer las causas de la deserción escolar, así como describir la responsabilidad y la acogida en el contexto familiar de los jóvenes que abandonan sus estudios.
Para concluir, señalar que el hilo conductor en todos los textos, sobre pedagogía de la alteridad, recogidos en este libro es el concepto de responsabilidad como proyecto de humanización. De ahí que uno de sus capítulos se haya destinado principalmente al análisis del mismo, entendiendo la responsabilidad no sólo como responsabilidad jurídica que nos lleva a asumir las consecuencias derivadas de los propios actos (Hans Jonas), sino también la responsabilidad colectiva ante lo no hecho (Hannah Arendt). Tras el recorrido por diversos autores del concepto de responsabilidad, se detiene en la noción de responsabilidad en Lévinas entendida como compromiso moral y alteridad.
Una responsabilidad que emana del sentimiento que nace en el encuentro con el otro y me lleva a salir del propio egoísmo para hacerme cargo del él, sin esperar reciprocidad por ello. En este sentido la educación como acontecimiento ético no debe apoyarse en presupuestos kantianos que explican al ser humano como un ser en sí y para sí, sino como una realidad abierta al otro y para el otro.

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