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Educación, libertad y cuidado

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Ibáñez-Martín, J. A. (Coord.) (2013).
Educación, libertad y cuidado
(Madrid, Dykinson) 314 pp.
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Resumen

Educación, libertad y cuidado, es una obra coordinada por el Catedrático Emérito José Antonio Ibáñez-Martín en el que diferentes profesionales y pensadores abordan la temática del cuidado –desde la perspectiva propia de la ética del cuidado– tratando de profundizar y dar contenido a la importancia que tiene en un proceso educativo en el que la libertad, y por supuesto la búsqueda de la verdad, deben jugar un papel esencial, siempre necesario para optar a la verdadera «vida buena» y dar respuesta a la complejidad de las relaciones e interacciones humanas.

Bajo cualidades como el «acercamiento », el «respeto», la «empatía», la «valentía », el «compromiso» y la «conectividad», el cuidado va tomando forma en tanto que concepto, idea y realidad necesaria para abordar cualquier proceso educativo. Todos ellos son añorados por los educadores en su actividad y es aquí, a partir de la pedagogía y principalmente la filosofía de la educación, desde donde se abordan dichas virtudes que hasta ahora, parecía que solo la psicología podía ser la base de su argumentación tratando de hacerse con los «derechos» desde la devoción ciega al conocimiento empírico.

Los diferentes profesionales que intervienen en el día a día con personas, ya sean educadores, profesionales de la salud o trabajadores de lo social, deben reflexionar sobre el uso del cuidado, sobre el cuidado en sí mismo y la manera en que este debe proponerse en cualquier relación humana. Como sabemos, la base reflexiva es la que nos ayuda a llevar a cabo una práctica verdaderamente ética, basada en razones, y siendo los criterios y autoevaluaciones propuestas desde otras materias alejadas de la filosofía de la educación, complementarias a dicho proceso.

De este modo, con una reflexión que nace de la experiencia y la rigurosidad conceptual, que trata también de alejarse del escepticismo y relativismo que inunda actualmente la transmisión educativo-cultural en nuestra sociedad –en su esencia, desde la familia?, asistimos a la lectura de diferentes capítulos que nos darán una visión desde la filosofía de lo que el cuidado aporta no solo a la práctica profesional de la educación, sino también al desarrollo de nuestra sociedad. Se propone aquí un conjunto de escritos que incitan a la reflexión –dicho sea de paso, no cualquier reflexión, sino desde la complejidad que exige tal abordaje– y no solo para aquellos estudiantes o profesionales que se interesen por el cuidado en su propia investigación, sino que como muchos de estos autores señalan, debe incorporarse a los planes de estudio de las diferentes universidades pues se trata de un aspecto que invade toda relación educativa, sin excepción.

En cuanto a la composición, observamos que el libro está estructurado en seis partes, con un total de dieciocho capítulos en los que su orden expositivo permite adentrarnos poco a poco, como decíamos, en el objetivo de llenar de contenido el concepto de cuidado y su gran importancia en la relación educativa, desde la perspectiva de la ética del cuidado.

«Una aproximación al concepto de cuidado en la reflexión ética» es el título de esta primera parte. A través del esquema taxonómico aportado por Michael Slote, comenzamos a situar la ética del cuidado en el punto exacto de una línea continua en el que sus dos extremos son la separación y la conexión, ambas como posibles cualidades educativas en las que se sustentan las diferentes teorías englobadas alrededor de la ética normativa. Este punto en dicha dicotomía refleja, como ya hemos adelantado, que la ética del cuidado desde la que abordaremos este concepto da una gran importancia a la conexión en las relaciones humanas, aunque sin perder de vista la potenciación de la autonomía básica que permite al individuo llegar a ser. Una autonomía que como refleja Giuseppe Mari primero, dando especial relevancia a la búsqueda del sentido –no cualquier sentido– que debe ir más allá de los límites aparentes y José María Barrio después, ante la imposibilidad de abordarlo si no es a través de la razón, a través del diálogo hacia la verdad; solo es posible buscarlo en dirección contraria al relativismo y el escepticismo.

En la segunda parte de este libro, «Libertad y cuidado en la educación formal», el profesor Ibáñez-Martín y Christopher Day realizan una defensa de la importancia de educar la libertad también en el ámbito de lo formal, comenzando desde la formación del futuro profesorado, rompiendo con el sentido equivocado que han dado al concepto y su relación con la educación algunas corrientes de la pedagogía actual. Ibáñez-Martín afirma que, respecto a la necesidad de educar la inteligencia, este proceso sólo puede darse a través del cuidado de la libertad intelectual del educando.

Señala por ello dos errores comunes que socaban esta posibilidad-necesidad y que habitualmente se dan en la práctica educativa del aula: la política del silencio y la actitud histórico-doxográfica del profesorado. No se queda aquí, sino que profundiza y propone seis conclusiones que pueden hacerse extensivas a la propuesta de Day: la pasión del profesor como necesidad para el aprendizaje del alumno.

En la tercera parte, «La universidad como comunidad» los autores profundizan sobre el tipo de estructura y las características que esta debe portar para que todas las cualidades hasta ahora analizadas sobre la relación cuidado-libertad y que posteriormente aplicarán a la relación educativa, puedan darse en el entorno universitario, tan importante como hemos dicho por tratarse del lugar de nacimiento de los futuros educadores o profesionales que deben aplicar el cuidado. Y se deja entrever por tanto, como señalan Miquel Martínez y Francisco Esteban, que este debe ser un espacio donde es necesaria la formación ética, pues conciben que la universidad tiene una gran responsabilidad, a su vez, a la hora de formar verdaderos ciudadanos.

Gonzalo Jover y Vicent Gozálvez afirman que es un lugar en el que «iniciarse en las competencias relacionadas con al ámbito de lo público, diferentes a las que ejercen en el ámbito de lo privado» (p. 99). Por su parte, María García Amilburu defiende que son dos las cualidades que, como caracterizaban a las primeras universidades, deben ahora configurar la estructura de la universidad actual: la autonomía académica y la libertad del pensamiento.

Es en la cuarta parte, que aparece con el título «Libertad y cuidado en la relación educativa», donde se comienza a analizar –aplicando los conocimientos expuestos anteriormente– la intervención educativa como tal, en tanto que finalidad consumada en la interacción educador-educando, pero también, como expone Touriñán, en la relación de uno consigo mismo. Este autor establece tres condiciones para abordar esta relación de una forma verdaderamente educativa, la cual no debe entorpecer el carácter singular de dicha interacción y proteger y potenciar al mismo tiempo la capacidad de autoeducación.

Continuando la línea de argumentación, describe que la vinculación entre la estimación del valor –finalidad–, la obligación –respetar la voluntad–, el hábito de búsqueda del mismo, la decisión entre las múltiples alternativas utilizando la experiencia y, por último, la «experiencia sentida de dicho valor» demuestran la verdadera complejidad de la relación educativa.

Su aplicación en el ámbito familiar, a través del quinto bloque denominado «Libertad y cuidado en la familia: los lenguajes del amor» aporta un diálogo sobre dicha institución, como la clave para posibilitar el cambio de la sociedad en relación a la orientación vital, que debe ser acorde a la naturaleza del ser humano. Precisamente es Michele Corsi quien afirma que el objetivo es llegar a la «verdadera sociedad de personas» y es en el seno de la familia donde se pueden generar relaciones efectivamente educativas, donde el cuidado, a través de la reciprocidad, permita, como afirma Emilio López-Barajas, que el sustento sea el amor. Su comprensión, dice, es la base para la equidad y sólo cuando la política social ponga a la familia en el centro, respetando su autonomía y autodeterminación, será cuando se fomente realmente el cambio.

A diferencia de dicha propuesta, actualmente el Estado trata de suplantar el papel de la familia, lo que ha potenciado la difusión de «listados» de competencias a adquirir que, en palabras de Aurora Bernal, proponen la «profesionalización de la parentalidad». Estas pautas que dirigen el cuidado no atienden a la exclusividad de las relaciones educativas, quienes tienen «vida» propia gracias a la singularidad de quienes en ella participan. Y por otro lado, como también afirma acertadamente la autora, esta tarea no supone únicamente la adquisición de cualidades, sino que requiere de gran contenido moral. Frente a ello, es necesario, continúa Bernal, potenciar la responsabilidad de los padres en la crianza y educación de los hijos y esta no puede ser analizada exclusivamente en términos conductuales. Por ello, como vemos, la filosofía de la educación tiene mucho que decir en todo este proceso. No creo que se rechace la difusión de habilidades para asumir la responsabilidad de cuidar desde la familia, pero sí que se está analizando el límite existente en torno a la educación que esta debe asumir, y el papel que debe jugar la sociedad y sus instituciones en torno a este proceso. Es algo que el lector se verá invitado a reflexionar a lo largo de su recorrido por estas páginas. Sin embargo, intuimos que es necesario darle a la familia un papel mucho más importante, reforzando sus capacidades en torno a la educación de sus hijos e hijas y las instituciones actuando en un papel complementario, siempre necesario.

Culmina el capítulo con la consideración de David Reyero quien propone a la familia como el lugar óptimo, con las mejores condiciones posibles, que no perfectas, para llevar a cabo la tarea de autoconocimiento.

Se trata de un espacio en el que, con las matizaciones pertinentes, gracias al amor y al tiempo que uno dedica a la educación de sus hijos, estos permiten que aparezcan las características básicas de las relaciones verdaderamente educativas y que se basan en el cuidado del otro, la responsabilidad, la incondicionalidad y la prioridad en las necesidades del menor.

Esto es lo que permite el autoconocimiento y el crecimiento personal.

El último capítulo, con el título «El juego de la libertad y el cuidado en la atención de quienes se encuentran en circunstancias de especial necesidad» trata de afrontar la tarea de reflexionar sobre la relación libertad-cuidado con personas que se encuentran en situaciones de conflicto, tanto consigo mismos, como con la sociedad, por la dificultad de integrarse en los procesos comunes que en ella se desarrollan y que les permiten dar un impulso a su trayecto vital. No se trata de dar un cuidado distinto, sino más bien, reflexionar sobre el ámbito educativo en el que se promueve, totalmente diferente al que habitualmente estamos acostumbrados desde la educación formal. Fernando Bárcena en su relación con la fragilidad y la discapacidad y Fernando Gil en relación a la educación y el cuidado en las prisiones analizan profundamente estas cuestiones.

Lo que piden es que estas personas sean tratadas con justicia, pues desean la normalidad dentro de la fragilidad propia con la que parten, pero que les impulsa, y así debemos transmitirlo, a alcanzar y ser dueños de su propia vida, de sentirse pertenecientes al grupo bajo la normalidad, y que la visión se desplace desde este concepto al de cada una de las personas que constituyen la sociedad.

En conclusión, se trata de una obra que aborda la relación cuidado-libertad en la acción educativa desde lo que Santiago Ortigosa denomina «educación liberal clásica», entendiendo que estas no son incompatibles, muy al contrario, intuimos que se necesitan para su verdadera aparición.

La libertad, en su proceso educativo, necesita ser valorada, apreciada, y sobre todo, cuidada. Esa es la tarea educativa propuesta a través de la relación interpersonal educador-educando y padres-hijos, pero también de uno consigo mismo.

Se propone al profesorado una base para afrontar el cuidado desde el respeto, desde la base de la libertad transcendental –en tanto que el educando debe aspirar al conocimiento de todo lo real– y alejándonos, como afirma Ibáñez-Martín, de lo «políticamente correcto», quien actúa como aplacador de la curiosidad propia del niño.

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