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Antropología e investigación en las ciencias humanas

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Polaino, A. (2010).
Antropología e investigación en las ciencias humanas.
(Madrid, Unión Editorial). 294 pp.

Resumen

En los últimos doscientos años se han producido grandes avances tecnológicos debidos a la ciencia. El desarrollo científico- técnico ha impuesto su metodología como un instrumento eficaz capaz de generar resultados eficientes. De aquí que trate de exportar sus procedimientos a todos los ámbitos del saber. Se supone que si fueran aplicados diligentemente en las ciencias naturales y humanas, los métodos científicos deberían de conducirnos al descubrimiento de la verdad acerca el hombre.

Sin embargo, un análisis riguroso de esta metodología, aparentemente eficaz, pone de manifiesto numerosas inconsistencias y revela, sobre todo, que siguiendo sólo esos procedimientos, difícilmente llegaremos al conocimiento de la verdad.

En todo caso, se llegaría a una aproximación probabilística y sesgada, como consecuencia de los planteamientos teóricos implícitos del experimentador.
Algunos investigadores postulan, no obstante, que este es el único y universal camino para llegar a aprehender el conocimiento y el saber, olvidando o más bien omitiendo los defectos metodológicos que el cientifismo imperante esconde tras de sí.

Esta es la preocupación principal de la obra de Aquilino Polaino, catedrático de Psicopatología de la Universidad CEUSan Pablo de Madrid. En esta publicación, el autor pasa revista a los diversos problemas de la actual metodología científica en la investigación de las ciencias humanas. En este análisis se pone un especial énfasis en los graves problemas epistemológicos que afectan al método inductivo.
A pesar de que el método inductivo es incapaz de proporcionarnos un conocimiento cierto y fiable acerca de la realidad de la persona, no obstante, se nos propone continuamente como la exclusiva vía científica para acceder a ello. Como tal procedimiento resulta impotente para explicar, por ejemplo, los cambios sociales; y todavía más deficiente si se empleara –según la recomendación de algunos– como la principal herramienta para producirlos.

Sea como fuere, el hecho es que este punto de partida epistemológico genera cosmovisiones ideológicamente sesgadas sobre la persona, el mundo y la realidad.
En estas aproximaciones exploratorias de la realidad humana, junto a procedimientos científicos, exquisitos y elegantes en su diseño, subyacen las antropologías implícitas –no explicitadas– de sus autores, que conducen a una visión parcial e ideologizada del hombre. Frente a ello, el autor sugiere la conveniencia de que se explicite el modelo antropológico de que parte cada investigador, de manera que nos permita conocer cuáles son sus planteamientos previos, el alcance y fundamento de su razonamiento, y el por qué de sus conclusiones.

Hay una profunda reflexión, a lo ancho y largo de esta publicación, sobre la búsqueda de la objetividad científica. Una meta harto difícil de conseguir en el estudio de los fenómenos sociales, objeto de las ciencias humanas, en los que la supuesta asepsia del investigador se encuentra con la dificultad añadida de que el propio observador es parte del fenómeno a estudiar.

En la actual metodología se concede una importancia extraordinaria a la exactitud procedimental y a las rigurosas etapas seguidas en el curso de la experimentación, mientras se deja en un segundo plano, como algo irrelevante, la cuestión de si las conclusiones, además de probables, se ajustan a la realidad, es decir, si son verdaderas.

Pero todo experimentador parte de una determinada visión del hombre y del mundo, es decir, de una particular cosmovisión antropológica en la que se fundamenta.

Una cosmovisión que, sin duda alguna, conduce y guía el planteamiento de sus preguntas acerca de la realidad y, a cuyo través, establece e interpreta también sus conclusiones.

Es llamativo que de esa antropología implícita no se dé cuenta en las publicaciones científicas. En la mayoría de ellas se explican con todo detalle cuestiones relativas a la instrumentación y procedimientos de control, pero se omite cualquier explicación acerca de por qué se han formulado esas hipótesis y no otras, o por qué se prefieren unas conclusiones a otras que también se han obtenido a las que nunca se alude ni justifican.

La metodología científica actual emplea profusamente el método inductivo y sólo excepcionalmente la deducción.

Desde el punto de vista de la lógica, es muy difícil de justificar la generación de conocimientos a partir de sólo la inducción, más allá de los apoyos estadísticos basados en la probabilidad que ésta nos proporciona. Es cierto que es prácticamente imposible prescindir de la inducción en la actual investigación, y que el uso exclusivo de la deducción –al menos en el ámbito empírico-experimental– podría llegar a ser tautológico, lo que no permitiría avanzar en el conocimiento.

Uno de los problemas de la inducción es que, a partir de los mismos datos se pueden construir diferentes hechos. Por ello, ha sido necesario desarrollar una teoría sobre la falsación, en virtud de la cual, cualquier afirmación o teoría científica es provisionalmente válida, mientras no aparezcan otros datos que la contradigan.

Cada paradigma científico parte de sus propios presupuestos y contempla la realidad desde su singular y particular perspectiva, por lo que describe sus propios hechos, según su propio lenguaje, diferente al de otros paradigmas científicos.

Aquilino Polaino resalta que para saber hoy si una conclusión es científica o no, no suele analizarse su contenido sino apenas su forma; no se analiza la verdad sino sólo el procedimiento.

El autor sostiene que así se hace abstracción selectiva de determinados aspectos de la realidad, de manera determinista, olvidando que la persona es un ser indeterminado y abierto a la libertad, por lo que difícilmente se le puede enclaustrar en conclusiones y teorías basadas en observaciones parciales de la realidad, que además no tienen en cuenta su capacidad de decisión sobre el propio rumbo de su vida.
Es esta antropología implícita la que lleva al investigador a sostener determinados presupuestos conceptuales que sesgan o tergiversan el mismo proceso del diseño experimental y de la obtención de concretos resultados.

En muchas ocasiones, el investigador va mucho más allá de lo que los datos le permiten sostener. No obstante, construye con ellos complejas teorías acerca de la realidad, tengan o no un decidido y riguroso apoyo en los datos obtenidos. En bastantes ocasiones, esos preconceptos antropológicos implícitos llevan a la exclusión del sujeto experimental real, siendo sustituido por un “sujeto construido” con sólo los preconceptos previos e implícitos del científico. El deseo metodológico purista de objetivar al sujeto experimental conduce, en muchas ocasiones, a la pérdida y vaciamiento de la subjetividad de la persona estudiada.

Paradójicamente, mientras que se desnaturaliza a la persona, se llega a “subjetivar” a los animales, a los que se atribuye los mismos derechos que a aquella.

Cuando la ciencia se deshumaniza, se asientan los cimientos para el surgimiento de las ideologías totalitarias y relativistas, lo que conduce a la abolición de la persona. De hecho, al erigirse el cientificismo como la única vía de conocimiento, acaba por imponerse una nueva concepción de la naturaleza humana.

Como irónicamente señala el autor, la expulsión por la puerta principal de la antropología explícita conduce al ingreso, por la puerta de atrás, de las antropologías e ideologías implícitas. El científico que pretende preservar su asepsia negando una determinada visión del hombre suele asumir, de forma indirecta, el uso de planteamientos inmanentistas que siembran serias dudas sobre la supuesta neutralidad de la ciencia. Frente a la deshumanización que este proceder genera, conviene insistir con Victor Frankl, en que la persona es una unidad insumable, nueva, espiritual, responsable, gobernada por el yo, dinámica, interactiva en sus dimensiones física, psíquica y espiritual, y que sólo puede entenderse a sí misma a partir de la trascendencia, de la que carece el animal.

Las ciencias humanas en sus investigaciones han imitado los métodos de las ciencias naturales, en la presunción de que obtendrían idéntico prestigio que aquellas, lo que ha generado serios problemas.
Suponer en una investigación, por ejemplo, que el fenómeno estudiado se mantiene estable en el tiempo o a lo largo del desarrollo de los individuos, es un error frecuente. Con métodos que son más adecuados para evaluar fenómenos cuantitativos, se ha pretendido medir lo cualitativo.

La propia observación del hecho humano es muy compleja, pues con frecuencia se produce la abstracción selectiva sobre determinados aspectos de la realidad a observar, obviando muchos otros, potencialmente tan importantes o más que los que se han elegido. Una grave dificultad adicional consiste en el hecho de que el propio observador es a su vez parte de lo observado, pues es también persona, y por tanto juez y parte. En ocasiones, la propia observación es en sí misma una interpretación, en la que están vinculadas observación e introspección sin que se distinga entre ellas.

El observador contempla la realidad desde un punto de vista ideológico concreto que, como el autor señala con gran acierto, lleva a que toda observación de lo social implique una perspectiva relativista.
Estos puntos de vista teóricos pueden condicionar las propias observaciones, de manera que los datos obtenidos desde ciertos presupuestos no puedan ser valorados y calibrados adecuadamente desde otros planteamientos teóricos diferentes.

Observaciones y teorías distintas son ahora difícilmente comparables, puesto que se fundamentan en hechos, procedimientos y resultados muy heterogéneos.

El corpus teórico del que parte cada investigador le lleva a la reducción de la realidad observada y a un diseño experimental concreto, según la teoría de partida que lo inspira. La ciencia sustituye con frecuencia un determinado paradigma científico por otro. Esto es lo que sucede en la actualidad con los estudios retrospectivos que son considerados de poca utilidad, pues los datos obtenidos al ser valorados desde el paradigma anterior se descontextualizan y desnaturalizan en el contexto del actual paradigma.

Los hechos no son neutros sino que nos llegan cargados, a través del método científico, de la teoría que posibilitó su obtención. Cada teoría genera además una serie de modelos, que funcionan como “brazos operativos” de la teoría y nos permiten explorar, de forma empírica, el acierto o error de los planteamientos teóricos, aplicados a los datos observados.

Mediante los modelos se produce la contrastación, se descubren nuevos factores relevantes en la explicación de lo estudiado y se nos permite intervenir sobre la realidad para comprobar si los asertos teóricos se ajustan a ella y producen o no los cambios que la teoría ha predicho. A pesar de estas ventajas, los modelos pueden ser mal utilizados. Si no se conoce bien la realidad a la que representan, pueden llegar a producir una simplificación reduccionista de la realidad e inducir una generalización extensiva de los datos obtenidos a toda la realidad, lo que no nos permiten concluir con rigor si lo estudiado en el modelo se corresponde o no con la realidad.

Con gran acierto, Aquilino Polaino pone de manifiesto que, en el caso concreto de la Psicología, por no atenerse a la realidad, aquello en lo que esta ciencia está interesada en estudiar suele interesar muy poco al hombre de la calle, mientras que los contenidos que de verdad preocupan al ciudadano, la Psicología ni siquiera se hace las preguntas pertinentes sobre ello.

A lo que parece, la verdad en sí no es algo que hoy interese a los científicos.

Refugiados en su purismo metodológico, no son capaces de considerar que, con frecuencia, los grandes avances científicos se han producido más por un acto genial y creativo, que por un procedimiento estrictamente inductivo a partir de los datos obtenidos. Los presupuestos que implícitamente sostienen los investigadores suele conducirles a la exclusión de otras muchas variables –omitidas en el proceso investigador–, que tal vez tengan una mayor relevancia y valor explicativo de los datos que se obtengan.

El profesor Polaino resalta que este relativismo de carácter cientificista ha contribuido al desarrollo de ideologías relativistas, que prescinden y excluyen el estudio de los valores en el ámbito de las ciencias humanas. A ello se debe en buena medida la pérdida del prestigio social de la tradición y la familia, la intolerancia ante cualquier forma de autoridad, la crítica de toda norma y la caída en desgracia del modelo épico y heroico.

En realidad, se han generado propuestas hedonistas, antiéticas e individualistas, que critican con vehemencia los valores tradicionales de Occidente, al mismo tiempo que se propugnan modelos de conducta, costumbres, gustos estéticos y formas de comunicación, dirigidos a combatir lo acumulado durante siglos de civilización, sustituyéndolos por la dictadura de lo “políticamente correcto”.

Para la descalificación de las ideas y valores de la tradición, no se argumenta contra sus contenidos sino que, sin más, se etiqueta a quienes los propugnan con adjetivos peyorativos, reservando los adjetivos elogiosos para los protagonistas del nuevo relativismo. Un modo de absolutizar los derechos del individuo y relativizar sus deberes.

El autor pone de manifiesto la eclosión de una ideología oficial, de carácter coactivo, que utiliza la antropología científica implícita como fundamento de su imposición. Ya no interesa la verdad o el sufrimiento.
Lo que ahora importa es el placer, único criterio de verdad, lo que nos llevará a la dictadura de los sentimientos.

El hombre actual se considera poseedor de una libertad absoluta, basada en su subjetividad. Desde el individualismo, la libertad se concibe como un absoluto, sin caer en la cuenta de que esta concepamargura y al vacío. Ya no existe “la” verdad, sino las verdades. Importa más que la experiencia sea verosímil que el hecho de que algo sea real. Sin embargo, a pesar de lo que afirma el relativismo, conocer la verdad es algo posible, e intuitivamente sabemos de su existencia, como se infiere del mismo hecho de que nos moleste tanto ser engañados. La dictadura del relativismo esteriliza la verdad, rebaja al hombre al nivel del animal y destruye la democracia, conduciendo de manera subrepticia al totalitarismo.

El autor concluye que las ideologías que han tratado de prescindir de Dios han acabado reduciendo la moral a una ética de mínimos, pactada por consenso. Una ética que, paradójicamente, es rígida, tiene su expresión en la dictadura de lo “políticamente correcto”, a pesar de lo cual es versátil y cambiante de acuerdo con las coyunturas. Una forma de resistir a estas imposiciones consiste en identificar el lenguaje políticamente correcto, para renunciar activamente a su uso, y llegar a la toma de conciencia de que el yo forma parte del nosotros. Manipular la verdad y convertirla en algo relativo nada tiene que ver con la presunta tolerancia, sino que es de forma explícita un signo de intolerancia.

Con la abolición de la verdad pierde la ciencia y los científicos, pero casi siempre hay algunos que ganan: los ideólogos.

Habrá progreso científico en las ciencias humanas si podemos dar cuenta de la persona mediante teorías que la tengan en cuenta en su integridad y totalidad. Que otras muchas decisiones de los científicos no hayan seguido el actual protocolo de la ciencia no significa que esas decisiones no sean racionales y razonables. Además, pasado un tiempo, muchas de ellas han demostrado ser rigurosas y muy acertadas respecto de la condición humana.

Los resultados científicos serán más verdaderos si se hace explícita la antropología en la que se basa el investigador, se informa acerca de las razones que le han llevado a plantearse esas hipótesis y, sobre todo, se pone en claro cuál ha sido el procedimiento lógico que le permite justificar las conclusiones obtenidas. La ciencia, para ser ella misma, también ha de alcanzar un radical compromiso con la verdad y sus exigencias éticas.

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