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Humanismo II. Tareas del espíritu

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Lorda, J. L. (2010).
Humanismo II. Tareas del espíritu
(Madrid, Rialp).

Resumen

La propuesta de la obra entiende que en un proyecto educativo humanista, “el desarrollo de la persona no es un bien privado ni tiene como fin la autocomplacencia.

Cada persona es miembro de una sociedad. En la mentalidad humanista, la dimensión personal y social están perfectamente imbricadas”.

Se destaca la importancia del desarrollo de la inteligencia y la importancia que tiene la conciencia: “Cuando la inteligencia comienza a brillar, se sitúa el núcleo de nuestra personalidad. Se crea en nosotros ese “espacio” interior –vamos a llamarlo así– ese “lugar” donde se medita y se decide, donde se reúne conscientemente la experiencia pasada y se elabora la conducta futura; donde se siente y se ama, donde se unen la cabeza y el corazón; el foro donde se ejerce la libertad: el ámbito de nuestra intimidad. Ese es el espacio de la conciencia”.

El complejo afectivo que llamamos corazón, ha tenido, según el autor, en la tradición occidental, un corte bastante racionalista, por lo que a veces se ha tenido la inclinación a dejarlo de lado cuando se habla de la formación de la conciencia.

Se ha preferido enfatizar el papel de la inteligencia y la voluntad. El proyecto educativo ha de poner en la voluntad el querer iluminado por la inteligencia, y en la sensibilidad la atención debida a los sentimientos, impulsos y afectos. La educación no puede perder de vista la profunda unidad del ser humano y a expresarse como si el espíritu estuviera desencarnado.

La afectividad es la parte más noble del corazón, la que se alegra ante los bienes espirituales: la verdad, la belleza, la nobleza, la justicia y el amor. En estos campos, el primer indicio para saber que algo es bueno lo da el corazón. El corazón es quien capta lo bello, tanto en el terreno estético como moral.

Casi todas las decisiones, insiste el autor, que tomamos vienen motivadas o apoyadas por las inclinaciones que tenemos en el corazón. Pero necesitan ciertamente vencer la oposición de las tendencias enfrentadas.

La prudencia que es virtud humana y moral aprecia el derecho en las relaciones humanas, y documenta adecuadamente los pactos y obligaciones, porque es el modo de aclarar los asuntos cuando se enturbian. La prudencia es poner por escrito los asuntos importantes y difíciles, y archivar la documentación relevante, para no depender de la memoria, y estar protegidos de los cambios. La prudencia es no hablar más de lo necesario acerca de los asuntos delicados y controlar la información, porque “el hombre es esclavo de lo que habla y señor de lo que calla”, y la fuerza de muchos se escapa por la boca.
La obra destaca la importancia del trabajo. El trabajo bien hecho mejora siempre la calidad de una persona: le da madurez, concentración, dominio de sí mismo, entrega; es el ámbito para el ejercicio de la libertad y del arte; y también es un ámbito natural para establecer relaciones humanas de camaradería y amistad.

El trabajo es una necesidad para el hombre sano y honrado, que, además de permitirle sacar la familia adelante, le inserta en la sociedad como un elemento útil y le da un estímulo para superarse (…) A veces, las condiciones de trabajo ciertamente hacen muy difíciles esas satisfacciones. El trabajo puede convertirse en una actividad deshumanizante porque se realiza en condiciones penosas, porque se retribuye muy mal o porque se impide cualquier género de iniciativa, de perfeccionamiento y de satisfacción. Hay que tenerlo en cuenta cuando se prepara las condiciones de trabajo de los demás.

Cuando no se reconoce la dignidad del trabajo, se convierte en una mercancía; los hombres venden a trozos su vida, y los tiempos de trabajo se convierten en paréntesis de la vida real, que queda para “los restos del día”.

La belleza es compañera de la verdad.

Cómo sucede en tantos otros campos de apariencia difícil y áspera, para despertar la afición y hacer germinar el amor al saber, hay que poner de manifiesto su belleza. Recuerda el texto a Cicerón: “nihil est veritatis luce dulcius” (“Nada más dulce que la luz de la verdad”). “El saber es como una inmensa montaña. No se puede llegar a la cima de cualquier manera. Hay que conocer bien los caminos porque no todos llegan. Y desde abajo, no se ve bien. Se necesitan guías expertos, como sucede en todas las grandes escaladas. La humanidad ha tardado muchos siglos en progresar. Y sólo unos pocos genios, han sido capaces de abrir los caminos necesarios. Por eso, es ridículo, pretender que un alumno –por muy dotado que esté– descubra por su cuenta lo que la humanidad ha logrado en cientos de años, gracias a las intuiciones geniales de algunas mentes privilegiadas”.

Dar sentido a lo que hacemos “lo necesitamos para situarnos en el mundo. Para entender por qué estamos aquí y qué tenemos que hacer. Para poder responder a lo que se espera de nosotros, si es que se espera algo. Entre la intuición de felicidad y el desengaño, queda la nostalgia de algo más pleno”.

Termina el autor del texto haciendo una llamada a abrir conscientemente la puerta interior del alma, para encontrarse con Dios que está y obra en la más íntimo de nosotros. Advirtiendo claro que: “hay una tradición casi universal en la que la contemplación de lo más alto y sublime sólo es posible si existe suficiente desprendimiento de las satisfacciones más elementales”. En suma, una obra amena, sistemática, y profunda acerca de cómo educar en el siglo XXI.

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