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15 días con Romano Guardini

Authors

Luis Aymá

DOI

10.22550/2174-0909.2912

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López Quintás, Alfonso (2010).
15 días con Romano Guardini.
(Ciudad Nueva, Madrid). 124 pp.

Resumen

Afortunadamente, la figura de Romano Guardini está volviendo a cobrar entre nosotros la vigencia que tuvo en años anteriores. Este profesor italo-alemán había adquirido en Alemania un gran prestigio en el primer tercio del siglo XX porque supo oponer al cansancio de la posguerra un espíritu de apertura a todo lo noble, bello y justo, mostrándose igualmente como un referente en la oposición al nazismo, que le desposeyó de su cátedra, le incautó posesiones etc. Una apertura entusiasta y reflexiva, a la vez, impulsada por un ardiente amor a la verdad y afirmada en la convicción de que “el hombre supera infinitamente al hombre” (Pascal).

Para transmitir de modo sugestivo tal entusiasmo a los hombres de su época y de modo especial a la juventud, Guardini dedicó tiempo y esfuerzo a la elaboración de un estilo de pensar abierto y preciso, tan sensible a la belleza de la mejor cultura humana —arte, literatura, filosofía…— como a la grandeza de la trascendencia religiosa. Las hecatombes bélicas, que él vivió de cerca, habían dejado al descubierto los límites del ser humano y de su cultura más brillante.

Guardini supo mostrar de modo convincente que tales límites nos remiten al Ser Infinito que nos creó para sí y nos dotó de una inquietud que sólo Él puede saciar.
Lo más inspirado de los genios de la vida espiritual—como San Agustín y Pascal— vibra en los escritos de este hombre melancólico, melancolía que definía como ansia de encontrar el Absoluto, visto como amor y belleza, e inquieto, que tomó como meta promover cuanto hay en la vida de elevado y valioso. Esas ansias llevan al hombre a la verdad, lo acercan a su verdadero ser, lo elevan a quien lo creó a su imagen y semejanza. Con razón pudo escribir que “sólo quien conoce a Dios conoce al hombre”. Al conocer a Dios y optar por Él, el hombre alcanza su plena verdad de hombre. Por ello Guardini es un gran promotor de la acción educativa, subrayando a la vez la formación de sí mismo, a la que dedicó un libro específico.

Esta convicción dota a los escritos de Guardini de una sorprendente hondura y una emoción contagiosa, tanto cuando descubre el sentido de los signos sagrados, como al señalar la fecundidad de la oración, vista como un “ir a Dios con toda el alma”. El profesor López Quintás, antiguo discípulo de Guardini en la Universidad de Munich, en la segunda mitad del siglo XX, y buen conocedor de su obra, nos muestra en quince breves capítulos los aspectos más fecundos de la doctrina de su gran maestro. En este corto libro, desglosa quince de sus momentos más relevantes y muestra la riqueza de matices que encierran. Merced a su profundo conocimiento de la lógica de la vida personal, López Quintás saca pleno partido a una serie de textos de Guardini —magistralmente engastados en la narración— y deja al descubierto la riqueza que encierran.

Guardini aparece aquí como el maestro que pone en todas sus intervenciones un toque de distinción espiritual, matiza debidamente el lenguaje, supera —por elevación— falsas paradojas y malentendidos que bloquean nuestro crecimiento personal.

Los títulos de los capítulos son sumamente expresivos: señalemos entre ellos “La melancolía y el pleno desarrollo personal”; “El encuentro personal y la alegría de corazón”; “Los grandes valores y la vida del espíritu”; “La esencia del Cristianismo es Cristo Jesús”. Llaman especialmente la atención los capítulos dedicados a “La pérdida del paraíso y su recuperación” y “El encuentro con Dios: la creatividad cristiana”. Para toda persona deseosa de lograr una buena formación humana y religiosa, es una delicia recorrer las páginas de este libro —atractivo incluso en su figura externa— e ir asumiendo, una a una, las claves de orientación que nos regala Guardini. He aquí algunas: “La sede del sentido de mi vida no está en mí, sino por encima de mí. Vivo de lo que está por encima de mí. (…) Sólo estoy en armonía conmigo mismo, sólo entiendo mi existencia en la medida en que me acepto a mí mismo como procedente de la libertad de Dios” (p. 35).

“Cuando el hombre cree, ya está operante en él el poder creador de Dios. El hombre creyente es ya, en sí mismo, la nueva creación. Es ya más que un mero hombre; ahora es ya, en verdad, totalmente hombre. (…) La fe auténtica es ya un milagro. Es la transformación del hombre vacilante en un ser seguro de sí, afirmado en el poder divino de instaurar la verdad. De ella irradia luego la actividad creativa” (p. 102).

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