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DOI

10.22550/2174-0909.3937

Resumen

Ser o no ser, esa es la cuestión. También en educación del carácter. En efecto, en sus investigaciones pedagógicas, Marvin Berkowitz, como ya hiciera Shakespeare previamente en el campo de la literatura, reduce la problemática a la que se enfrenta a sus más elementales componentes y, en tal operación, descubre el alcance metafísico de su quehacer profesional. En el caso de Modelo PRIMED para la educación del carácter, tal desempeño es de cuño docente y apela, como se ha indicado, a lo más radical, que es «cómo ser» y «cómo vivir» (p. 27). Justamente, a lo largo de esta obra, de lo que se trata es de lograr una práctica efectiva para conseguir «el florecimiento de la bondad humana en las escuelas» (p. 27), que es lo que más sentido le da a la vida y al ser del hombre. Tal bondad es contemplada en el espíritu de este libro como «la inclinación y la capacidad de hacer del mundo un lugar justo y compasivo para todos, y de que esto sea central para el propio sentido de uno mismo» (p. 55). El propósito de esta publicación, expuesto de modo más desarrollado, se expresa sin ambages: «cómo podemos construir un mundo mejor al entender, comprometernos con y actuar a partir de lo que es más efectivo para nutrir el florecimiento de la bondad humana, especialmente en los niños» (p. 25). A través de directrices y ejemplos concretos, en buena medida implementados por educadores destacados o pioneros, Berkowitz dilucida la manera más adecuada de alcanzar ese objetivo de bondad, que debe emanar del «núcleo interno, en otras palabras, desde nuestro carácter» (p. 27).

Caracterizado por una gran claridad de ideas, fluidez expositiva y nitidez conceptual, el libro Modelo PRIMED para la educación del carácter gira en torno a seis ideas cardinales, que son, justamente, como reza el subtítulo, los seis principios básicos para la mejora escolar. PRIMED, de hecho, es el acrónimo de esas seis ideas o «principios de planeación» que se entrelazan «para guiar la construcción de una iniciativa integral, efectiva y basada en evidencia de educación del carácter» (p. 351). Tales principios son, tal y como consta en el índice del libro, los siguientes: priorización, relaciones, internalización, modelamiento, empoderamiento y (pedagogía del) desarrollo. A la explicación de cada uno de estos elementos consagra el autor un capítulo del libro, dividido a su vez, en cada caso, en múltiples apartados. Asimismo, la explicación pormenorizada de lo referido a estos seis núcleos fundamentales viene precedida por un capítulo introductorio y rematada, en una última sección, por una serie de consideraciones finales y apuntes de síntesis sobre lo expuesto. En total, hay ocho partes o capítulos en este libro.

Al hilo de lo anterior, puede decirse que el autor propone una guía para la educación «efectiva» del carácter que ilumine y permita intervenir en la manera como «somos con otros y [en] lo que hacemos como consecuencia» (p. 29) para alcanzar la bondad en el aprendizaje de los menores, objetivo primordial del libro. No en vano, «la práctica efectiva, basada en la comprensión profunda, es el corazón de este libro» (p. 27). Por lo tanto, no puede haber oposición entre el ser y el obrar: «lo que queremos es una sinergia entre ser y hacer, y tener una base centrada en una comprensión profunda (conocimiento) del carácter, del desarrollo del carácter y de la educación del carácter» (p. 34). Sin embargo, hay una precedencia del ser sobre el obrar y, específicamente, del ser de los docentes sobre su acción formativa (o mejor dicho: performativa) en los alumnos. En efecto, «es primero que todo un asunto de ser y posteriormente un asunto de hacer» (p. 27). En otras palabras: «si queremos rediseñar las escuelas o las aulas de clase, tenemos que rediseñarnos a nosotros mismos primero… nuestra forma de ser» (p. 33). La pregunta, naturalmente, es cómo llevar a cabo tal tarea. Pues bien, si de algo nos aleja Berkowitz en este libro es de la idea de que hay un manual de aplicación directa o instantánea que lleve a la obtención del producto deseado: «las escuelas cometen el error mecánico todo el tiempo» (p. 33) cuando, en realidad, «no hay una prueba simple de carácter» (p. 276). Como nota Berkowitz, «comprender lo que definitivamente promoverá el desarrollo del carácter en las escuelas […] es una tarea mucho más compleja y será el foco de la mayoría del resto del libro» (p. 62). El anterior error metodológico recién comentado, de corte mecanicista, es subsidiario de otro: querer encontrar soluciones a los problemas allí donde quizás sea más lógico buscarlas, pero donde, en realidad, no se hallan. En este sentido, muchas veces, los profesores y las instituciones han estado «enfocándose en algunas prácticas de educación de carácter bien intencionado, pero inefectivas» (p. 36). A este respecto, «PRIMED es un marco para crear aulas y escuelas en las que los educadores y estudiantes quieran estar» (p. 352). No obstante, como se ha indicado, alcanzar este propósito requiere la transformación del ser personal de los docentes; tal metamorfosis bondadosa servirá de ejemplo para la educación del carácter e incluso favorecerá la transmisión de los conocimientos curriculares de los niños. De hecho, uno de los mantras más repetidos por Berkowitz es que «los niños no creerán que lo que usted les enseña es importante hasta que sepan qué tan importante son ellos para usted» (p. 184), pues los infantes son «detectives de hipocresía» (p. 270).

Para el padre de este libro, educar de verdad es «educar con los estudiantes» (p. 39). Sin embargo, se necesitan personas capaces de promover tal empresa, bien formadas y con un talante líder, que den ganas de imitar: «los estudiantes ven y oyen todo lo que usted hace y lo recuerdan» (p. 271). Por ello, «la educación del carácter empieza en su espejo […] debe comenzar con los adultos» (p. 269), pues nunca hay «una gran escuela sin un gran líder, y [...] nunca [...] una gran escuela de educación del carácter sin un gran educador del carácter como líder» (p. 146). En el plano institucional, el gran reto metodológico general para los próceres de los centros educativos en posición de liderazgo es «descubrir cómo integrar efectivamente la educación del carácter en el currículo […] de una manera que sea efectiva para el desarrollo […], [lo cual] es crítico para el apoyo estructural que permita priorizar la educación del carácter» (p. 137).

En lo referido a los seis principios de PRIMED ya enunciados, «priorizar» la educación del carácter implica no que este sea «un medio para el éxito académico», sino, sobre todo, que «debemos valorar el hecho de nutrir la bondad simplemente porque la bondad importa» (p. 91). Ahora bien, si la priorización ha de ser efectiva para el alcance performativo en el ser de los estudiantes, «debe estar claro que es importante hablar de carácter y tener un lenguaje útil para hacerlo. Los conceptos fundamentales sobre el carácter son indudablemente una parte importante de esto» (p. 107). A este respecto, Berkowitz señala la importancia de inspirarse en marcos-guía ya establecidos para orientarnos en la labor de forjar un carácter noble y bondadoso, tales como los six pillars of character de Character Counts o las publicaciones de Character.org (véase página 97). En lo referido al principio «relaciones», estas «deben ser una prioridad auténtica para que la educación del carácter sea exitosa» (p. 175). Para ello, hay que tener presente que «el truco real aquí es que la construcción de relaciones […] debe incluir a toda la escuela e idealmente a aquellos stakeholders fuera de la escuela también» (p. 176). El tercer fulcro de PRIMED es la «internalización», es decir, la «motivación intrínseca»; en este sentido, si «el asunto es que nuestro carácter reside dentro de nosotros y queremos cambiar el carácter, tenemos que apuntarle a lo que está dentro de nosotros» (p. 238). Aplicado a los pupilos, «entonces necesitamos descubrir cómo hacer que los niños internalicen lo que enseñamos y modelamos» (p. 239). En cuarto lugar, se encuentra la relevancia del «modelamiento», que, grosso modo, ya ha sido explicada y que, en el fondo, es un factor transversal, pues, si se desecha el mecanicismo a la hora de alcanzar objetivos de formación del carácter, una de las vías operativas que se alzan frente a nosotros es la mímesis o modelamiento. El quinto estandarte de PRIMED (el «empoderamiento») reclama la importancia de implicar a los alumnos en la educación y en la gestión escolar. Frente a los prejuicios del «adultismo», basado en «la creencia falsa de que son incapaces, demasiado inmaduros» (p. 294), se ha de asumir que «compartir el poder trae muchos retos» (p. 293), pero es necesario para la educación del carácter. Por último, la «pedagogía del desarrollo» permite que todo el edificio de PRIMED se ejecute en una dirección siempre creciente, a futuro, que «enmarca la forma como educamos con la mirada hacia el largo plazo» (p. 321) y no de modo estático. En efecto, los niños (también los adultos, en el fondo) están en proceso ascendiente hacia nuevos puntos de referencia en su trayectoria de desarrollo, para cuya consecución se han de aplicar estrategias pedagógicas.

En suma: Modelo PRIMED para la educación del carácter nos insta a reconsiderar nuestra aproximación a problemas educativos clásicos y nos ofrece un marco teórico-práctico de resolución no mecánica de tales retos, caracterizada por un utillaje conceptual de hondo calado filosófico. Ciertamente, siguiendo a Berkowitz, solo cuando el ser personal del docente y de la escuela pueda ser modelado sobre el discente, será la educación del carácter efectivamente implementada. Ahora bien, para ello, se necesita orientar el núcleo íntimo de los alumnos hacia la bondad, hecho que solo puede provenir de una metamorfosis positiva previa: la del carácter de la persona del profesor.

Unai Buil Zamorano ■

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