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DOI

10.22550/2174-0909.3936

Resumen

Reflexión y práctica pedagógica es la última publicación de tres autores de singular y amplia trayectoria, caracterizados por insistir y dar a conocer los vasos comunicantes entre la teoría y la práctica educativa. Planteamiento este que, aunque en otros ámbitos ajenos a la educación quizá no resulte sorprendente, no es algo común en el mundo de la pedagogía.

Es cierto que, en los últimos tiempos, se ha demandado la necesidad de vincular teoría-reflexión-investigación con praxis, experiencia y contextualización en muchos proyectos de innovación educativa. Esto, sin embargo, no se ha traducido en propuestas pedagógicas concretas. De ahí el valor de la presente obra.

El libro que comentamos está dividido en tres capítulos. En el primero, Toni Colom aborda la discusión sobre la teoría de la ciencia y la teoría de la educación desde una perspectiva epistemológica. Realiza un recorrido sistemático por este debate, personificado en las propuestas de Mario Bunge y Karl Popper, a través del cual ahonda en la complejidad del fenómeno educativo desde un enfoque preferentemente cualitativo. Esto le permite responder a lo que escapa de la linealidad lógica. Es decir, se orienta hacia una autoorganización singular, inabarcable y desconocida, a partir de las diversas aportaciones realizadas por Humberto Maturana y Edgar Morin, entre otros. La educación es azarosa y compleja, nos recuerda el autor. Por ello, es preciso abordar las realidades educativas con una estructura de conocimiento abierta e indefinida. Todo ello nos transporta al debate actual sobre las posibles innovaciones que habrá que implementar cuando dispongamos en las aulas de herramientas como ChatGPT o similares. Tendremos que explorar la dimensión de lo «indefinido» en el sentido más amplio del concepto y crear oportunidades a desafíos difíciles de prever.

A continuación, Colom trata de materializar el discurso sobre el origen y la evolución de la teoría de la educación, de llevarlo a su aplicación práctica, por lo que se refiere tanto a los objetos materiales mediante los cuales se instruye como a los sujetos que protagonizan este proceso (sin ellos, no hay educación, como bien nos recuerda el autor). Sin embargo, esta práctica necesita apoyarse en la reflexividad crítica para poder avanzar, en criterios morales-axiológicos que interpelen al docente en su labor diaria. Colom también nos recuerda que la práctica pedagógica parte de una razón tecnológica, lo que conduciría a una instrumentalización pragmática de esta orientación práctico-reflexiva. En este punto, menciona a James y a Dewey como dos de los autores representativos de tal fundamentación.

En el segundo capítulo, Gonzalo Vázquez retoma la idea expuesta por Colom sobre la razón tecnológica. Señala que el vínculo entre la teoría y la práctica radica en los principios y estrategias desplegados en las distintas situaciones de aprendizaje. Por ejemplo, en el uso de las experiencias (en un sentido deweyniano) o simulaciones para poder llegar a la ansiada transferencia, extendida y aumentada en contextos educativos diversos vehiculados por esta tecnología. Todo ello con el propósito de incorporar los procesos dialógicos (tanto internos como externos) mediante la observación, siempre y cuando esté apoyada y corregida por una reflexión crítica, es decir, informada. El autor hace especial hincapié en el aporte de las emociones, individuales y grupales, como parte elemental de los procesos de aprendizaje y subraya su incuestionable incidencia en un aprendizaje profundo. Para ello, es de vital importancia poder articular las condiciones internas y externas del autoconocimiento.

Precisamente, es en dicho autoconocimiento donde el autor apoya la idea de madurez y equilibrio cognitivo. Esto resulta de especial interés en la formación de nuestros futuros docentes, quienes se enfrentan a los dilemas propios de esta sociedad cambiante y, a veces, desapacible. Un ejemplo de ello es el actual debate sobre la inteligencia artificial, que nos acerca a lo no previsto, a lo que todavía no ha sucedido. Esta admiración por tener una ventana nueva y privilegiada (aunque, en muchos niveles, supera en velocidad a la cognición humana) suscita tanta admiración como inseguridad. Sin embargo, no deja de ser otro elemento para perfilar principios y estrategias entre la teoría educativa y su práctica consciente, eficaz y rigurosa. Como apunta Vázquez, la acción educativa presenta las dos caras de Jano: es, al mismo tiempo, estructurante y desequilibradora (y también vibrante, añadiríamos).

La propuesta se cierra con un tercer capítulo centrado en lo que su autor, Jaume Sarramona, llama la «materialización de la acción educativa». Y es que la teoría contribuye, y así debe ser, a transformar la realidad, a hacer posible el aprendizaje del alumno desde un contexto y una singularidad propios. Sarramona aborda, de manera meticulosa y amplia, la materialización de la teoría como «forma» y presenta los elementos significativos que configuran la acción de la profesionalidad docente. Con esta pretensión, sitúa la actividad de la planificación didáctica como núcleo de la práctica educativa escolar.

Es muy recomendable, no solo para los docentes con escasa experiencia sino también para los más expertos, leer con atención todos los elementos clave que se han de tener en cuenta en la planificación de aula y que el autor va desgranando. Más aún, a todos ellos les otorga un tiempo y un espacio secuenciado a lo largo del proceso educativo.

Sarramona analiza en qué medida la planificación es indicio de la profesionalidad docente. Para ello, se atiene a los principios de predicción y previsión, aunque incluye también la vertiente artística y creativa para alcanzar la flexibilidad necesaria que requiere el aprendizaje continuado. Planificar y, al mismo tiempo, flexibilizar para poder aproximarse a los fines de la educación. Así se podrá dar respuesta al «¿por qué hay que educar?» y al «¿para qué educar?» Planificar y flexibilizar para personalizar aprendizajes, a partir de estrategias y recursos variados que el autor ofrece junto con esquemas claros y sintéticos, formulaciones y consejos prácticos.

La evaluación es mostrada como un proceso transversal de toda la secuencia didáctica planificada. Una evaluación cuyo objetivo principal es ayudar al alumnado en su proceso de autorregulación. Una evaluación que debe ser núcleo del ritmo y del estilo de todo aprendizaje. Esto exige a los docentes construir instrumentos de observación sistemática, que permitan medir resultados y, así, verificar la idoneidad de la materialización educativa propuesta y realizada.

Toni J. Colom, J. Sarramona y G. Vázquez nos regalan, en esta ocasión a través de un libro compartido, unas páginas llenas de sabiduría que aúnan conocimiento teórico y una mirada práctica. Una herramienta valiosa para los docentes presentes y futuros, así como para quienes los forman.

Isabel Alvarez i Canovas y Joana Ferrer i Miquel

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