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Una filosofía de la educación políticamente incómoda

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Pring, R. (2016).
Una filosofía de la educación
políticamente incómoda
(edición a cargo de María G. Amilburu).
Madrid: Narcea. 158 pp.

Resumen

«¡Acordaos de Chicago!». Este aviso nos lo tendríamos que repetir una y otra vez los que nos dedicamos a la docencia e investigación universitaria en materia educativa. El Departamento de Educación de la Universidad de Chicago, fundado en 1895 por John Dewey, desapareció a pesar de su inicial prestigio. El departamento en cuestión optó por buscar excelencia científica y teórica en la investigación, al margen de la conexión con la docencia. Es decir, al margen de la formación del profesorado, de espaldas al aprendizaje que los investigadores universitarios pueden y deben extraer de los contextos prácticos de enseñanza en otros niveles (escuelas o institutos). En términos platónicos, los de Chicago decidieron refugiarse en la Isla de los Bienaventurados, entregados a la contemplación de las formas puras, sin arriesgarse ni esforzarse por bajar a la caverna de la práctica educativa diaria. Y así les fue: perdieron credibilidad en lo científico, proporcional al desprestigio que ganaron entre los profesionales y políticos, circunstancia que forzó su desaparición. ,

En este magnífico libro, que recoge diferentes trabajos publicados anteriormente por Richard Pring, el autor nos lanza señales de aviso como esta, al tiempo que nos ofrece un marco de reflexión para entender con mayor profundidad el fenómeno educativo en la actualidad. En suma, nos dibuja un panorama en el que está más que justificado que nunca el papel de la filosofía de la educación, esa incómoda disciplina que se rebela ante el imperio de la cuantificación, la medición y el lenguaje de la evaluación educativa que domina en nuestros días. ,

Cierto es que, siguiendo con la tradición británica, Pring identifica educación con educación formal, destinada sobre todo a la enseñanza de conocimientos. Pero esta tarea, destinada a satisfacer una demanda plenamente humana, es inconcebible sin el aprendizaje moral. La visión de la educación que nos ofrece el autor explora el campo abierto por J. Dewey y R. S. Peters, entre otros, llegando a afirmar que posiblemente una persona educada no sea brillante a nivel académico, posiblemente no obtenga altos niveles de rendimiento en las cada vez más abundantes pruebas externas, o puede incluso que no tenga altas calificaciones en los exámenes internos del centro. Pero, eso sí: tendrá un sentido de la dirección que tomar en su vida, y será capaz de reflexionar amplia y críticamente acerca de lo que valora en ella, desde una comprensión humana y humanizante. ,

Esta es precisamente una de las misiones de la filosofía de la educación: preguntarse una y otra vez qué significa ser una persona educada, y en las respuestas han de colaborar, además de los expertos, las escuelas y las universidades, los centros educativos y la comunidad en general. Los que se dedican a la filosofía de la educación han de motivar tales reflexiones, han de recoger y sintetizar las respuestas más valiosas, profundizando en ellas desde un plano más general y abstracto y a partir también de teorizaciones previas. Pero no pueden arrogarse el derecho a ofrecer soluciones en régimen de exclusividad, aislados de la praxis. ,

Igualmente, por parte de los educadores (profesores en este caso) implicados, sería del todo desaconsejable llegar a ser solo dispensadores de un currículo impuesto desde arriba, o desde fuera. O convertirse en meros examinadores o, lo que es peor, en preparadores de exámenes oficiales con el fin de puntuar alto en los rankings. Por el contrario, como afirma Pring, el profesor debería ser un pensador y un recreador del currículo, y no solamente su repartidor. Y en este repensar se sitúa precisamente el valor de la filosofía de la educación, que, como decíamos, no ha de ser tarea exclusiva de los filósofos profesionales. ,

A lo largo del texto y tras su lectura, uno siente que está tomando el pulso a la realidad educativa actual, descubriendo problemas de fondo, como la obsolescencia de la reflexión acerca de los fines de la educación, ante la fuerza de una visión mercantilista de lo humano, con un nuevo discurso que gira alrededor de conceptos tan llamativos como éxito, gestión, pruebas externas, rendimiento, rankings, competencia, evaluación, índices de calidad… Ante lo cual se pregunta Pring: ¿es esto educar? ¿Cómo es posible llamar a esto educación? ¿Dónde están el crecimiento integral de la persona, la contribución ciudadana al bien común, la comprensión de lo real para su transformación ética, la relevancia de la participación para hacer de la democracia una auténtica forma de vida, o la celebración educativa de la diversidad para reeditar entre todos un espacio común de convivencia…? ,

Sin duda, responder a preguntas como estas es algo vital en nuestro tiempo, pues aunque los documentos oficiales de los gobiernos y ministerios de educación dicen que el objetivo es proporcionar una educación para todos, en realidad, como afirma Pring, «no se ha logrado escapar a una visión reduccionista de la educación que solo garantiza el éxito a un reducido número de alumnos: a aquellos que logran un buen rendimiento en el marco de una consideración estrecha de la educación, limitada al marco académico» (p. 65). ,

En la cuidada edición de María G. Amilburu encontrará el lector estimulantes argumentos para desarrollar esta idea amplia de educación, de la mano de uno de los más prestigiosos filósofos de la educación, en cuyas reflexiones también hacen acto de presencia pensadores de la talla de Dewey, Peters, Oakeshott, Hargreaves, Kohlberg, Noddings, McIntyre, Ayer o Ryle, entre otros. ,

Es especialmente interesante la revisión de la figura de John Dewey, en un artículo con un título más que elocuente: «¿Fue Dewey el salvador de la educación norteamericana o peor que Hitler?». Más cercano a la primera de las opciones, Pring trata de desmontar las acusaciones que, desde R. M. Hutchins, aún pesan sobre el legado de Dewey y su propuesta para el desarrollo humano dentro de comunidades democráticas. Como afirma Pring, «asistimos a una revolución tanto en lo que afecta a los contenidos como al ejercicio práctico de la educación en los EE.UU. y en Inglaterra, caracterizada por el desprecio a la experiencia personal y la tradición profesional; por la transferencia de la responsabilidad educativa desde el sector público al privado, en concreto, a las empresas con ánimo de lucro; por un énfasis en la competitividad a expensas de la colaboración, la desprofesionalización de los profesores y una equiparación entre lo que es digno de ser aprendido y lo que es medible y cuantificable» (p. 82). Los educadores, científicos y pensadores de la educación que cuestionen los beneficios de tal revolución, la cual traspasa ya las fronteras de EE.UU. e Inglaterra, pueden encontrar un buen fundamento en el pensamiento pedagógico de Dewey, el cual quizás no sea el gran salvador de la educación, pero sin duda alguna arroja luz sobre las sombras del panorama educativo actual. ,

Además del artículo mencionado, el libro se compone de una serie de escritos de Pring, sin duda bien seleccionados, que forman un todo coherente en torno a cuestiones como el significado de educación y persona educada, la relación entre escuela y comunidad (a propósito de la Escuela Común de Dewey), la necesidad de ampliar la noción mercantilista del ser humano y la educación, la importancia y los límites de las evidencias en la investigación educativa, las virtudes en relación con tal investigación, y el papel ineludible de las universidades en la formación del profesorado, las cuales, dicho sea de paso, han de mantener la tradición crítica que las caracteriza, por supuesto, pero no a costa de eludir la praxis y la inmersión en contextos educativos reales. ¡Acordémonos de Chicago! ,,

Vicent Gozálvez

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