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Resumen

En las tres últimas décadas España ha cambiado sustancialmente su configuración social en cuanto a su composición étnica, pasando de ser un país étnicamente homogéneo, fundamentalmente emisor de emigrantes, a ser un país que recibe una cantidad importante de inmigración de otros países menos desarrollados. Esta nueva realidad social ha cambiado también el panorama étnico que encontramos en las aulas de todos los niveles de nuestro sistema educativo. En una década, los centros españoles han visto multiplicarse por siete el número de hijos de inmigrantes escolarizados en todas las etapas del sistema escolar.
Los alumnos que pertenecen a grupos étnicos minoritarios se encuentran, según numerosas investigaciones, en situación de riesgo en relación a distintos parámetros educativos y psicosociales: permanecen menos años en el sistema educativo, obtienen peores niveles de rendimiento, presentan abandono escolar prematuro y alcanzan niveles educativos más bajos que el resto. En algunos casos, además, son objeto de rechazo y discriminación como consecuencia de los estereotipos y prejuicios étnicos que circulan en nuestra sociedad y que sus propios compañeros muestran desde los primeros años de vida. Este tipo de situaciones vulneran las políticas educativas de igualdad y dificultan sus oportunidades de desarrollo e integración.
La psicología lleva décadas estudiando el desarrollo de los estereotipos y prejuicios asociados a la diversidad en niños y adultos, así como el efecto del contacto interétnico entre personas de distinto origen.
La gran cantidad de datos acumulados durante estos años permite a los investigadores establecer unas conclusiones comunes sobre por qué una característica se convierte en una variable potencialmente estigmatizante, cómo se desarrollan los prejuicios y estereotipos a lo largo de la infancia y adolescencia y qué papel pueden desempeñar la psicología y la educación para reducirlos.
Los tres trabajos que se presentan a continuación recogen aportaciones novedosas y recientes sobre diferentes aspectos relacionados con este tema. En el primer artículo se describe una de las más recientes teorías explicativas sobre el origen de los prejuicios y estereotipos intergrupales, considerando el problema desde una perspectiva multicausal. El segundo trabajo traslada el tema de las relaciones intergrupales a las escuelas, describiendo la influencia de los prejuicios en el surgimiento de episodios de violencia y conflicto en entornos educativos. Se describen en este caso diversos programas encaminados a reducir este tipo de situaciones.
Por último, comentamos un reciente artículo en el que se analizan desde el punto de vista de la psicología social los efectos positivos del contacto entre personas de distintos grupos, considerando las condiciones óptimas de contacto e interacción para conseguir una reducción de los prejuicios y el surgimiento de auténticas relaciones intergrupales positivas.

Bigler, R. y Liben, L. S. (2007).
Developmental Intergroup Theory: Explaining and Reducing Children’s Social Stereotyping and Prejudice
Current Directions in Psychological Science, 16, pp. 162-166.

El artículo analiza el surgimiento, desarrollo y mantenimiento de los estereotipos y prejuicios intergrupales a lo largo de la niñez. Conocer los mecanismos causales que se encuentran en el origen de este tipo de actitudes sociales es imprescindible para diseñar intervenciones eficaces que reduzcan el impacto de estos problemas en la infancia y adolescencia.

La Teoría Intergrupal Evolutiva propone tres mecanismos causales que se encuentran en la base de las actitudes prejuiciosas y los procesos de discriminación intergrupal. El primero de estos mecanismos hace referencia a una pregunta básica: por qué una característica específica asociada a la diversidad humana (como el color de la piel) se convierte en objeto de clasificación social. Desde muy temprano, los niños perciben que las personas de su alrededor se diferencian entre sí en múltiples variables (sexo, color de piel, complexión, etc.). El hecho de que algunas de estas características se conviertan en objeto de categorización intergrupal, desembocando en la aparición de prejuicios y estereotipos, vendrá determinado por características cognitivas propias del ser humano, así como por aspectos relacionados con el entorno socio-cultural y familiar del individuo.

Así, agrupamos inicialmente a las personas en función de rasgos que son reconocibles y perceptibles externamente, atendiendo también a características que se presentan en proporciones desiguales en la sociedad. Por último, la importancia a nivel psicológico de un criterio de agrupación también aumenta cuando los adultos emplean etiquetas relacionadas con las mismas de modo frecuente (por ejemplo, “Buenos días, niños y niñas”).

Una vez que el sistema cognitivo del niño construye un conocimiento sobre las características humanas que son más importantes a la hora de comprender el mundo social y reducir la complejidad cognitiva que éste entraña (primer mecanismo), se pone en marcha el segundo factor explicativo del modelo. Este proceso supone la aplicación (a menudo, inconsciente) de los procesos de categorización social cuando nos enfrentamos a una persona desconocida que pertenece a uno de estos grupos. Surgen entonces los estereotipos (creencias) y prejuicios (afectos, preferencias) asociados a cada uno de estos grupos. El contenido de los mismos y su intensidad vendrán determinados por variables y motivaciones internas del individuo (flexibilidad cognitiva, identificación con el grupo), así como externas (mensajes verbales y no verbales del entorno social). En un primer momento, los niños manifiestan una tendencia positiva hacia su propio grupo, atribuyéndole con mayor probabilidad características positivas y prefiriéndolo por encima de otros. El ambiente en el que el niño viva determinará si se produce un esperado descenso en este tipo de actitudes a lo largo de la adolescencia o, por el contrario, un fortalecimiento de las mismas en entornos que legitiman y promueven este tipo de sesgos.

Las autoras entienden que las intervenciones encaminadas a reducir la relevancia psicológica de las categorías asociadas a determinados grupos pueden conducir a un trato más igualitario y menos sesgado por parte de los niños.

Una vez que los niños perciben que un grupo es etiquetado y tratado de modo diferente por su entorno más cercano, la variable sobre la que se construye esa diferenciación (sexo, color de piel, etc.) se convierte en algo importante, activándose una preferencia importante hacia el grupo con mayor prestigio social.

Minimizar la atención de los niños sobre estas categorías intergrupales en la vida cotidiana no implica obviarlas o no hablar sobre ellas, sino evitar realizar atribuciones, sesgos y comportamientos diferenciales en torno a ellas.

Dessel, A. (2010).
Prejudice in Schools: Promotion of an Inclusive Culture and Climate
Education and Urban Society, 42, pp. 407-429.

Los profesores actuales se enfrentan en sus aulas al reto de un alumnado muy diverso en relación a la etnia, clase social, religión, orientación sexual, lengua, etc.

La pluralidad de nuestra sociedad supone una oportunidad importante para desarrollar el respeto a la diversidad, pero también implica un desafío a la cultura escolar tradicional en la que los alumnos presentaban una composición más homogénea.

Desde esta perspectiva, uno de los objetivos prioritarios del sistema educativo actual debe ser crear una cultura inclusiva y plural, que facilite el aprendizaje y bienestar de todos los alumnos, el respeto a la diferencia y la resolución de conflictos de forma positiva.

En este trabajo la autora realiza una breve revisión de las teorías psicológicas sobre la aparición y desarrollo de los prejuicios. Considera que es importante que educadores y administradores educativos conozcan estas teorías para poder diseñar medidas eficaces a la hora de mejorar el clima y la cultura escolar en esta área. Especialmente importantes en este sentido deberían ser las intervenciones tempranas, pues los primeros cursos son ideales para promover la comprensión de las diferencias culturales y construir entornos inclusivos y cooperativos.

La autora describe también diferentes tipos de intervenciones realizadas en Estados Unidos encaminadas a reducir los prejuicios en los contextos educativos y a prevenir la aparición de conflictos intergrupales y violencia entre el alumnado.

Además de otras variables psicológicas y sociales, los prejuicios y las actitudes negativas se encuentran a menudo en el origen de muchos de los procesos de acoso y violencia escolar. Por ejemplo, el hecho de pertenecer a una minoría étnica o demostrar una orientación homosexual en la adolescencia supone un factor de riesgo a la hora de ser víctima de acoso en la escuela.

En esta revisión, se comentan estudios realizados en todas las etapas educativas, diseñados desde distintos enfoques teóricos y orientados a diversas facetas del problema. En los primeros cursos escolares se han implementando una cantidad importante de intervenciones con el objetivo de abordar los aspectos puramente cognitivos asociados a los prejuicios. Así, se promueve una reducción en la percepción de homogeneidad de los miembros de grupos ajenos, aumento en la percepción de similitudes intergrupales y habilidades de recategorización (considerar los múltiples grupos sociales a los que pertenecemos todas las personas, sin focalizar la atención en uno solo).

Las técnicas de aprendizaje cooperativo suelen también afectar de modo indirecto al desarrollo de relaciones intergrupales armónicas entre los miembros de los grupos. Los integrantes de un grupo étnica y académicamente heterogéneo suelen desarrollar una interdependencia positiva que les proporciona una buena oportunidad para conocer e identificarse con los compañeros del grupo, más allá de ideas preconcebidas, permitiendo a todos los alumnos conseguir oportunidades de reconocimiento y valoración social.

Los programas orientados al desarrollo moral también promueven la responsabilidad social de los alumnos y la asunción de principios democráticos igualitarios.

Además, existen intervenciones diseñadas específicamente para tratar el tema de los prejuicios, empleando diferentes técnicas como grupos de discusión, role-playing o entrenamiento en petición de ayuda cuando los alumnos observan sucesos racistas. Finalmente, existen una serie de programas de reconocido prestigio que se basan en un análisis crítico y profundo de temas como el racismo, la opresión o la justicia social desde un punto de vista histórico y sociológico.

Los resultados de este tipo de intervenciones son igualmente diversos y variados, considerando los múltiples objetivos y enfoques que adoptan. En algunos casos, se observan importantes reducciones en la preferencia intragrupal de los alumnos, los prejuicios étnicos que mantienen, problemas de conducta y de disciplina en el centro, sucesos violentos, etc.

En otros casos se ha constatado su eficacia a la hora de facilitar el surgimiento de amistades interétnicas, el compromiso académico de alumnos pertenecientes a grupos étnicos minoritarios, la empatía y las habilidades de toma de perspectiva a la hora de analizar un problema, el nivel de desarrollo moral o de tolerancia general y la iniciativa de reaccionar cuando se presencia un acto violento relacionado con la multiculturalidad.

Finalmente, el artículo destaca la necesidad de realizar intervenciones que no se centren sólo en el alumno, sino que impliquen cambios profundos en la cultura y clima escolar, currículum oculto y formación del profesorado, así como la importancia de realizar evaluaciones empíricas más extensas que consideren la efectividad de estos programas y las barreras que a menudo aparecen a la hora de implementarlos.

Pettigrew, T. F., Tropp, L. R.,Wagner, U. y Christ, O. (2011).
Recent advances in intergroup contact theory
International Journal of Intercultural Relations, 35, pp. 280-271.

Este artículo revisa la teoría del contacto, propuesta por Allport en el año 1954, para explicar el efecto positivo del contacto intergrupal. Los autores estudian los resultados de múltiples trabajos realizados sobre el tema en áreas muy diversas con población infantil, adolescente y adulta, realizando un meta-análisis de 515 estudios realizados con más de 250 mil personas.

Los trabajos incluidos estudian el efecto que tienen sobre las actitudes intergrupales las situaciones de contacto entre personas de diferentes grupos sociales. La conclusión general que obtienen es que el contacto con personas de grupos minoritarios o socialmente estigmatizados tiene un claro efecto positivo en múltiples niveles: reduce los prejuicios y actitudes negativas, promueve relaciones de amistad intergrupal, reduce la ansiedad y aumenta los procesos de empatía.

Los autores comentan también las “condiciones óptimas de contacto” planteadas por Allport en su teoría inicial, replicadas en múltiples investigaciones desde entonces. Estas condiciones hacen referencia a determinadas características del contexto en el que se produce el contacto: igualdad de estatus, relaciones de interdependencia positiva y sanción social ante sucesos de discriminación. Desde esta perspectiva, cuando se producen estas condiciones en el entorno en el que el contacto se está produciendo, el efecto positivo y facilitador de las relaciones intergrupales se ve incrementado.

La igualdad de estatus entre grupos parece ser una de las condiciones que promueven un contacto positivo y enriquecedor para todos: cuanto más igualitaria sea una sociedad, institución o grupo humano en cuanto a la posición social que ocupan los distintos grupos, más consecuencias positivas resultarán del contacto entre ellos. Por otro lado, las relaciones que no implican competición (por premios, atención, recursos, et), sino cooperación y persecución de metas comunes y compartidas por todos los individuos, favorecen el desarrollo de relaciones positivas.

La tercera condición se refiere a la existencia de un apoyo institucional hacia la convivencia y la tolerancia, acompañado por ciertas formas de sanción social cuando se producen conductas discriminatorias.

Todas estas condiciones, que facilitan el surgimiento de relaciones positivas entre miembros de distintos grupos, pueden aplicarse fácilmente a cualquier contexto social, incluido el educativo.
Impulsar este tipo de aspectos permitirá el desarrollo de relaciones positivas entre todos los miembros de la comunidad educativa, independientemente de su origen étnico, sexo, orientación sexual, existencia de discapacidad, etc.

El contacto intergrupal no es en absoluto una panacea que evite sin más la aparición de conflictos entre los grupos, pero sí una condición necesaria y esencial para promoverlos, pues supone el primer paso para conocer a otros grupos y establecer posibles relaciones de amistad. Los procesos de segregación que se producen en cualquier tipo de contexto (barrio, escuela, lugar de trabajo, etc.) limitan el contacto entre personas de distinta condición sin evitar las situaciones conflictivas que se producen irremediablemente en múltiples contextos de la heterogénea sociedad actual.

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