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Resumen

Como es sabido, el Latín no tiene hoy, al menos para los alumnos de enseñanza media y sus padres, el mismo prestigio que las materias científicas y técnicas. Con frecuencia se considera su estudio como algo tortuoso y estéril, sin perspectivas.

Paradójicamente se va levantando un clamor en todos los estamentos sociales augurando que el futuro de la educación, de cara al próximo siglo, no consistirá sólo en aprender a leer, escribir, saber algo de matemáticas y almacenar unos conocimientos, cada vez mayores y en muchos aspectos cambiantes. Se considera irrenunciable potenciar el desarrollo de las capacidades de comunicación, acceso y procesamiento crítico de la información; las capacidades de identificación, planteamiento y resolución de problemas; el uso del razonamiento abstracto y científico, así como la pericia en el manejo de los nuevos instrumentos tecnológicos. Del mismo modo, la complejidad de los problemas actuales y su universalidad pone de manifiesto la necesidad de potenciar la dimensión ética en todos los estudiantes.

En efecto, es imprescindible enfrentar la plaga de analfabetismo funcional y moral que lentamente se extiende en las capas más jóvenes e indefensas de nuestra sociedad. Lo que está en juego no es sólo el futuro profesional de los estudiantes, sino su capacidad de salir adelante, de capear con éxito los desafíos cotidianos con los que inexorablemente se enfrentarán en su vida.

Padres y profesores denuncian, en todos los países occidentales, el manifiesto declive que ha sufrido en los últimos años el desarrollo de la capacidad de pensamiento de los alumnos en sus años de escolaridad.

Asistimos al nacimiento de una nueva Era ( Corominas, 1991, 22), donde la educación -el desarrollo de las capacidades más propiamente humanas- va a ser lo más rentable. Y la enseñanza/aprendizaje del Latín es un magnífico medio para promover el desarrollo personal, en su más amplio sentido ya que ofrece numerosas ocasiones de desarrollar las capacidades del hombre.

El prestigio del Latín puede crecer si conseguimos poner de manifiesto en nuestro trabajo diario en las aulas su dimensión educativa, tanto en su «cara» de la lengua latina, como en su «cruz» del humanismo clásico. Es posible motivar a los alumnos y a la sociedad hacia la «Utilidad» de estas enseñanzas si convertimos el aprendizaje de la Lengua Latina en un privilegiado instrumento educativo, capaz de enseñar a hacer con reflexión y perfección, capaz de desarrollar y actualizar las capacidades del hombre que son base del aprendizaje y de la madurez personal (Remiro Juste, 1985, 11).

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